Aunque Alcira estaba bajo los efectos de la droga, no había perdido por completo la conciencia. Sin embargo, su cuerpo estaba tan débil que no podía defenderse, quedando a merced de los abusos y exigencias de Carlos.
Justo cuando pensaba que ese infeliz terminaría matándola, vio a Darío irrumpir como un ángel de la guarda y arrancar a Carlos de encima suyo.
La esperanza resurgió de las cenizas de su desesperación.
Lo llamó, mordiéndose la punta de la lengua para mantenerse lo más lúcida posible, decidida a revelar el nombre de la culpable.
—Fue Roxana... ella nos dio... drogas... a mí y a Carlos...
Ella era la víctima en todo esto.
Había caído en la trampa de Roxana.
¡Roxana era la verdadera arpía, una descarada manipuladora con corazón de hielo!
Roxana, que acababa de llegar a la entrada de la habitación, escuchó la acusación de Alcira.
Sus pasos se detuvieron instintivamente. ¿Quién más estaba ahí adentro?
De inmediato, escuchó a su hermano preguntar con un tono que denotaba escepticismo:
—¿Estás segura de que fue ella?
Los dedos de Roxana se curvaron sutilmente. «¿Acaso mi hermano le creerá?»
—¡Sí, estoy segura!
Alcira asintió con vehemencia. Con mechones de cabello pegados a su rostro sudoroso, irradiaba un aura frágil y vulnerable, como una florecilla marchita en medio de la desgracia.
Darío la miró fijamente, guardando un profundo silencio.
Fue Valeriano quien rompió la tensión, con una voz tan fría como el hielo puro.
—Seguro tú y Carlos se aliaron para tenderle una trampa, y ella, harta, decidió darles a probar de su propia medicina.
Los dedos tensos de Roxana se relajaron. Se sorprendió de lo bien que Valeriano parecía comprenderla.
Apenas se habían visto un par de veces y cruzado escasas palabras.
¿Cómo era posible que la conociera tan a fondo?
Al oír la acusación de Valeriano, Alcira se giró bruscamente y, con expresión de dolor, intentó justificarse.
—Señor Sandoval, fue esa mujer quien me hizo esto.
—Ella no lastimaría a nadie por iniciativa propia, a menos que alguien intentara lastimarla primero —sentenció Valeriano con absoluta certeza.
Roxana jamás imaginó que él sería el que confiaría en ella ciegamente. No pudo evitar soltar una risa suave y entró en la habitación.

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