¿Acaso tener la misma sangre la hacía superior?
—Papá, mamá, Darío, creo que lo mejor será que me vaya. No quiero seguir siendo una molestia para ustedes.
Hizo un ademán de marcharse, cubriéndose el rostro como si llorara.
—Basta, Yara. Tu hermana no quiso decir eso, no seas tan sensible —intervino Marina, intentando detener el drama, aunque con cierta incomodidad.
Rafael se apresuró a secundarla.
—Es muy tarde. ¿A dónde vas a ir tú sola a esta hora? Fernando ya preparó una habitación para ti. Quédate aquí esta noche y mañana mandaré un auto para que regresen a la universidad.
Esas palabras solo aumentaron la indignación de Yara.
¿Por qué la trataban como si ella fuera la problemática?
¿Estaban sordos? ¡Acaso no escucharon cómo Roxana la había insultado!
Aun así, miró a Roxana con falsa timidez.
Roxana, notando su expresión retorcida por la rabia contenida, no quiso perder más el tiempo y se dirigió a su habitación.
—Papá, mamá, iré a descansar.
—Claro que sí, mi niña. Ha sido un día muy largo, ve a dormir. Yo me encargo del resto —le respondió Marina con ternura, siguiéndola con la mirada.
Luego, se giró hacia Yara, lista para decir algo.
Pero Darío se le adelantó.
—Mamá, papá, ustedes también tuvieron un día agotador. Vayan a descansar.
Marina soltó un suspiro resignado y se retiró junto a Rafael.
Una vez solos, la amabilidad desapareció de los ojos de Darío. Miró a Yara con total seriedad.
Esa mirada fría la puso nerviosa.
—Darío, ¿por qué me miras así?
—Yara, ¿ya olvidaste lo que te dije la última vez?
—Pero yo...
Yara palideció e intentó justificarse, pero él la interrumpió de tajo.
—Sé cuáles son tus miedos, pero Roxana también es nuestra familia y no toleraré que sigas jugando tus cartas contra ella.
—Roxana, lo que dijo Yara estuvo mal y ya la reprendí severamente. Por favor, no le des importancia.
Al notar que Darío dudaba en continuar, Roxana adivinó lo que venía.
Entonces, respondió con frialdad:
—Darío, no sé cómo la vean ustedes, pero desde que volví a casa, no ha dejado de intentar ponerme a prueba.
»Ha hecho sus jugadas, y entiendo que tenga miedo de perder su lugar.
»Pero yo tengo un límite.
Darío entendió el mensaje al instante, y sus ojos se llenaron de tristeza.
—Roxana, ella no es mala en el fondo. Cuando yo era niño y me enfermé de gravedad con fiebre muy alta, ella apenas tenía cinco años. Estaba aterrorizada, lloraba sin parar, pero se quedó a mi lado toda la noche e intentó bajarme la fiebre con alcohol.
»Si actúa de forma irracional, es por su inseguridad de no ser hija biológica.
»¿Podrías, por mí, darle una oportunidad más?
»Te prometo que, si vuelve a cometer un error, yo mismo me encargaré de ella sin que tengas que intervenir.
Roxana levantó la mirada. Volvía a ser la joven fría y distante del principio.

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