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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 467

Roxana conocía muy bien lo explosivo que era el temperamento de Paula, así que antes de bajar del auto le advirtió que controlara sus emociones.

Al fin y al cabo, Roxana aún no le había contado que era doctora; en cuanto no pudiera ocultarlo más, sabía que Paula la iba a regañar por esconderle otra identidad.

Pero Paula, furiosa porque Roxana defendía a Valeriano, simplemente pateó la puerta de la habitación y entró como un huracán.

—¡Dónde está Valeriano Sandoval!

El mayordomo, que aguardaba en la entrada, se sobresaltó por el estruendo. Al reconocer a Paula, agachó la cabeza apresuradamente.

—Señorita Paula, ¿qué la trae por aquí?

¿No se suponía que esta fiera pasaba todo el tiempo ocupada con sus negocios en Veridia? ¡¿Por qué venía a ver al joven amo hoy?!

—Paula, no intimides al mayordomo. Yo te llevo con él.

Roxana, al ver al pobre hombre temblando, se adelantó para llevarse a Paula.

El mayordomo soltó un suspiro de alivio y enseguida llamó para avisar de la tormenta que se avecinaba.

—Entendido —respondió Thiago Silva al otro lado de la línea.

Colgó y miró a Valeriano, quien en ese momento se apoyaba en unas barras ortopédicas para practicar su postura de pie.

—Hermano, Paula Rossi viene para acá junto con la señorita Roxana. El mayordomo dice que viene furiosa —comentó Thiago con una sonrisa burlona.

Valeriano, que estaba soportando el dolor de los estiramientos musculares en sus piernas, no mostró la menor señal de pánico en su atractivo rostro.

—No hay prisa. No puede hacer mucho daño —dijo con calma.

—¿Quieres descansar un poco? Ya llevas cinco minutos de pie. Por muy buena resistencia que tengas, no deberías sobreesforzarte —sugirió Thiago, consciente de que su amigo anhelaba volver a caminar, pero temeroso de que se lastimara por apresurar las cosas.

Valeriano miró hacia la puerta y sonrió con serenidad.

—No te preocupes. Puedo aguantar tres minutos más.

Poco después, el sonido de unos tacones resonó en el pasillo silencioso.

Valeriano trató de estabilizar sus brazos temblorosos y fijó su profunda mirada en la entrada.

¡Bam! La puerta fue abierta de una patada violenta.

—¡Maldición! —Thiago dio un respingo, casi saltando del susto—. ¡Paula, te volviste loca!

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