Desde que despertó, Yara Soler supo que las cosas habían cambiado drásticamente.
Antes, cada vez que la internaban en el hospital, siempre había un ejército de personas revoloteando a su alrededor para atender cada uno de sus caprichos. Si un platillo no le gustaba, los chefs de la mansión se rompían la cabeza preparándole menús especiales.
Pero ahora llevaba muchísimo tiempo internada. Incluso había sobrevivido a una persecución aterradora dentro del propio hospital, y, sin embargo, nadie de su familia había ido a visitarla. Cada vez que le preguntaba a las enfermeras, estas se limitaban a darle respuestas vagas.
El terror de haber sido abandonada por los Soler se instaló profundamente en su pecho, ahogándola.
Por eso, pasaba los días de pie frente a la ventana, rogando al cielo ver el auto de sus padres para poder lanzarse a los brazos de su madre y llorar por todo el calvario que había sufrido.
Pero pasaban los días y se daba cuenta de que, aparte de la enfermera que le llevaba la comida, nadie más se acercaba por ahí. Incluso el pasillo estaba sumamente silencioso. El ambiente era totalmente distinto al del edificio principal.
—Señorita Soler, aquí tiene su almuerzo. Por favor, coma pronto. Regresaré por los platos en media hora.
La enfermera entró, dejó la bandeja en la mesa y dio media vuelta para marcharse.
—¡Espere! —Yara la detuvo apresuradamente. Se quitó un collar que llevaba puesto y se lo tendió con una sonrisa que intentaba ser dulce—. Señorita enfermera, me ha cuidado muy bien estos últimos días y sé que ha trabajado mucho. ¿Podría hacerle un favor? ¿Podría contactar a mi familia para que envíen a un par de asistentas para ayudarme? Así ambas tendríamos menos carga de trabajo.
La enfermera iba a rechazar la petición de inmediato, pero al ver el enorme diamante brillando en el collar, dudó.
—Señorita Soler... aunque nos advirtieron que la vigiláramos de cerca y que no la dejáramos salir, su petición es razonable. Intentaré pasar el mensaje, pero no le prometo nada.
Yara sonrió con alivio y delicadeza.
—Solo le pido que le transmita mis palabras exactas a mi abuela, Doña Isabel, que está en el área VIP. Ella sin duda accederá.
Con los demás ya no se atrevía a apostar, pero sabía que con su abuela todavía tenía una oportunidad.
La enfermera sintió un nudo en el estómago al escuchar que debía ir a la planta VIP, pero al mirar el collar en su mano —un accesorio que probablemente tardaría diez años en poder comprar con su sueldo— reprimió el miedo.
—Está bien. Buscaré la manera.

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