—No creo —negó Darío de inmediato—. Dejé a alguien encargado de proteger a Dulce. Si no me ha contactado, significa que ella aún está a salvo.
Roxana no se dejó convencer.
—Que tu hombre no se reporte no es garantía de que Dulce esté a salvo.
Le ordenó al chofer que diera la vuelta y luego les envió un mensaje a sus padres: [Surgió un contratiempo, regresaré más tarde].
Rafael y Marina sabían perfectamente que, con las habilidades que su hija poseía, seguro tendría asuntos importantes que resolver. Ambos le pidieron que tuviera mucho cuidado en el camino y, casi al mismo tiempo, le enviaron mensajes a Darío exigiéndole que cuidara de su hermana.
Al ver que el auto de adelante daba la vuelta, Marina no pudo evitar un suspiro.
—Rafa, me duele en el alma ver que nuestra niña apenas sale del hospital y ya tiene que irse a resolver problemas. Definitivamente no; en cuanto volvamos, usaré mis propios recursos y le daré más cosas para que tenga un buen respaldo. No quiero que se esfuerce tanto.
—¿Acaso crees que a mí no me duele? —respondió Rafael con pesar—. Está decidido. En cuanto termine la Gala de Presentación, le transferiré a Roxana el diez por ciento de las acciones de la familia Soler. De ese modo, aunque no trabaje un solo día de su vida, tendrá dinero de sobra. Después, me encargaré de comprarle algunas casas y locales comerciales.
—Me parece una excelente idea —asintió Marina con entusiasmo—. Por cierto, ¿no hay algunas casas en venta en nuestro mismo fraccionamiento? Preguntaré en cuanto llegue. Si alguna vale la pena, se la regalamos a Roxana.
Pensó que, si vivían en el mismo barrio, sería como si su hija nunca se hubiera ido, y podría visitarla en cualquier momento.
Cuanto más lo imaginaba, más le gustaba la idea, así que empezó a contactar a sus conocidos para averiguar precios.
Al verla tan entusiasmada, Rafael le recordó:
—No te olvides de Yara. Ella siempre ha querido vivir cerca de nosotros. Ya que vas a comprar una casa, compra dos. No dejes que sienta que la hemos hecho a un lado.
La expresión de Marina se enfrió un poco.
—Por supuesto que lo tengo en cuenta. Pero, Rafa, ¿no te has dado cuenta de que Yara ha cambiado bastante desde que Roxana regresó? Fíjate en esta última vez; Roxana estuvo internada y Yara ni siquiera se asomó a verla.
Rafael le dio unas palmaditas en la mano para tranquilizarla.
—No pienses mal de ella, a lo mejor simplemente no tuvo tiempo. Nosotros criamos a Yara, sabemos que no es una mala persona. Solo tenemos que guiarla un poco más para evitar que termine siendo como Luisa.
La sola mención de Luisa hizo que a Marina le hirviera la sangre.
Luego, guardó todos los documentos en una carpeta, decidida a entregárselos a Roxana.
Pero, justo cuando intentó abrir la puerta, se dio cuenta de que alguien la había cerrado por fuera.
Forzó la cerradura varias veces, haciéndola rechinar, pero no cedió.
—No te esfuerces. Eso que llevas ahí no va a salir de esta habitación.
Una voz desconocida y aterradora sonó a sus espaldas.
Dulce abrazó la carpeta contra su pecho y se giró bruscamente, mirando al intruso con total desconfianza.
—¿Quién eres tú? ¿Cómo entraste a nuestro laboratorio?
Frente a ella se encontraba Balthazar, un hombre de cabello oscuro y unos penetrantes ojos azules. Su mirada era fría como el hielo, y al ladear la cabeza para observarla, dejó al descubierto el inconfundible tatuaje de la Rosa Carmesí en su cuello.

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