Al día siguiente, la noticia sobre el desastre en el mega proyecto de la empresa Sarmiento estaba en boca de todos.
Aprovechando el caos, varios empresarios rivales a los que los Sarmiento habían arruinado en el pasado decidieron echar leña al fuego, filtrando de forma anónima en internet todos los negocios sucios y traiciones que Sergio había cometido durante años.
De por sí, la reputación de la familia en Puerto Esperanza no era la mejor, pero con esta avalancha de secretos, su imagen pública quedó reducida a cenizas.
Aunque el departamento de relaciones públicas de Empresas Sarmiento intentaba apagar los incendios emitiendo comunicados amenazantes, advirtiendo demandas por difamación, ya era inútil.
La opinión pública no es algo que se pueda controlar por la fuerza.
Entre más intentaban censurar la información, más morbo despertaban en la gente, y más convencidos estaban todos de la podredumbre de los Sarmiento.
Apenas abrió la bolsa de valores, las acciones de la empresa cayeron en picada.
Desesperado, Sergio Sarmiento no tuvo más opción que convocar una junta de accionistas de emergencia para intentar salvar lo poco que quedaba.
El escándalo no solo resonó en el mundo corporativo; dentro de los pasillos de la Universidad del Sur, no se hablaba de otra cosa.
—¡Yo siempre supe que Marco Sarmiento era un inútil! ¡De tal palo, tal astilla! Con solo ver cómo se comportaba, se notaba que no tenía valores.
—¿En serio? Una vez leí un artículo sobre cómo la familia Sarmiento donaba dinero a estudiantes de bajos recursos. Pensé que eran buenas personas... Fui demasiado ingenua.
—¡Qué donaciones ni qué nada! Todo fue un montaje para las cámaras. ¡Los suministros que entregaron estaban vencidos, y los supuestos estudiantes pobres eran actores contratados!
—¡Y hay algo peor! La hija de un vecino compró un medicamento contra el resfriado fabricado por el laboratorio de los Sarmiento. ¡Terminó con miocarditis! La niña era súper saludable y atleta destacada, pero casi pierde su lugar en la universidad por culpa de eso.
—¡No lo puedo creer, qué fuerte!
Al escuchar los chismes, Ximena no pudo evitar soltar una exclamación.
—¿En serio hicieron tantas cosas horribles? Si no fuera por todo este escándalo, ¡yo habría seguido creyendo que eran empresarios decentes!
—Digo lo mismo —murmuró Camila en voz baja.
Estaban sentadas en una mesa de cuatro. Frente a ellas se encontraban León y Roxana.
—Roxana, ¿tú no vas a decir nada? ¿Crees que haya algún secreto más oscuro detrás de todo esto? —preguntó León, sosteniendo una botella de leche con una mano y levantando una pesa con la otra.
Roxana terminó su desayuno con calma y respondió sin inmutarse.
—No lo sé. Pero pronto lo averiguaremos.

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