Ximena y Camila lo miraron en silencio.
«Tus problemas no se comparan en lo absoluto con los nuestros», pensaron ambas al unísono.
Roxana se dirigió a la oficina de don Abelardo. Cuando entró, el anciano estaba hablando por teléfono y le hizo una seña para que esperara.
Ella se acercó a la pequeña mesa de té, tomó los utensilios y, con gran destreza, le preparó una tetera fresca.
Al colgar, don Abelardo olió el exquisito aroma que inundaba la habitación y se acercó con una sonrisa radiante.
—Al menos tienes consideración, muchacha. Me alegra ver que, después de tanto tiempo, aún te acuerdas de prepararle un buen té a este viejo.
—Claro que me acuerdo. ¿En qué estás trabajando últimamente?
El té que Roxana había servido tenía un tono ámbar perfecto, claro y aromático. Beberlo era un auténtico lujo.
Tras saborear una taza con evidente deleite, el rector respondió:
—¿En qué más va a ser? ¡En la fórmula XH-2! Te pedí que vinieras para que me ayudes a identificar dónde me estoy equivocando. Por alguna razón, sigo fallando en la fase de descomposición de los compuestos.
Roxana tomó el pesado bloque de hojas llenas de ecuaciones y notas de procedimientos. Su mirada escaneó rápidamente las páginas, procesando la información a una velocidad asombrosa, y pronto dio con el error.
—Estás usando demasiada solución aquí, lo que diluye los principios activos. Y en esta parte, la extracción simple no es suficiente; necesitas un proceso de extracción purificada. Además, debes garantizar que el residuo permanezca completamente seco. La humedad es fatal en esta etapa...
Mientras Roxana explicaba, don Abelardo forzaba su cerebro al máximo para memorizar cada detalle.
Al notar que al anciano le costaba procesarlo todo tan rápido, Roxana tomó un bolígrafo y anotó directamente las correcciones en los márgenes del documento.
Cuando terminó, le entregó las hojas.
—Ahí tienes. Inténtalo de nuevo siguiendo mis notas. Si vuelve a fallar, iré personalmente a tu laboratorio a hacer la demostración, pero tendrás que esperar a que me desocupe.
El rector se echó a reír.
—Lo haces a propósito, ¿verdad? Sabías que iba a pedirte que fueras al laboratorio y te inventaste una excusa para evadirme.
—Hablo en serio. He tenido algunos contratiempos recientemente, así que, por ahora, no es prudente que vaya a tu laboratorio.
La sonrisa de don Abelardo desapareció y su rostro se tornó grave.
—¿Qué clase de contratiempos? ¿Estás en peligro?

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