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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 550

En ese momento, escucharon un estruendo proveniente del departamento que vigilaban.

Sonaba como si se hubiera roto algo de cristal.

Roxana tomó unos binoculares y enfocó justo a tiempo para ver a un hombre sudoroso, con una camiseta gris desgastada, lanzando golpes contra una mujer que estaba tirada en el suelo, protegiéndose la cabeza.

La mujer, de complexión frágil y con el rostro ensangrentado, resistió los golpes de acero del hombre y, en un acto de desesperación, agarró un vaso de vidrio cercano y se lo estrelló directo en la cabeza.

—¡Ahhh! —gritó el hombre, agarrándose el cráneo y cayendo por el dolor.

La mujer aprovechó la oportunidad para lanzarse sobre él, golpeándolo e insultándolo.

Desde esa distancia, Roxana no lograba escuchar qué decía, pero era evidente que la situación estaba a punto de terminar en una tragedia mortal.

—¡Julián, llama a la policía!

—¡Sancho, ven conmigo!

***

Dentro del edificio.

El hombre, enloquecido por el dolor, le torció un brazo a la mujer y le gritó con furia asesina:

—¡Lucía, ¿con qué derecho me reclamas?! ¡Tú fuiste la que se negó a darme dinero! ¡Me querías ver muerto! ¡Soy tu esposo y ni siquiera quisiste darme unos miserables billetes, te buscaste esto tú sola!

Lucía, pálida por el dolor, siguió maldiciéndolo.

—¡Qué clase de esposo eres! Tiaguito apenas tenía cinco años y ya me ayudaba en el puesto para ganar dinero, mientras tú solo te la pasabas apostando y bebiendo. ¡No sirves para nada, ni como hombre ni como padre! ¡Y ahora, por culpa de tu maldita avaricia, mi hijo está muerto! ¡Eres un animal, vas a pudrirte en el infierno!

—¡Atrévete a maldecirme! ¡Perfecto! —rugió el hombre, mostrando una sonrisa retorcida que lo hacía lucir como un demonio sacado del averno—. ¡Ya no llores por ese mocoso! ¿No decías que lo amabas tanto? ¡Te mandaré con él ahora mismo para que se pudran juntos! ¿Sabes por qué vine hoy? ¡Porque esa gente está por llegar! Como no tengo un centavo, ¡los dejaré que se cobren contigo y así tendré dinero!

La empujó, poniéndole un pie en la espalda, y hundió un afilado trozo de vidrio en su abdomen. ¡La sangre brotó a borbotones como un río escarlata!

Lucía, quien apenas había comido y dormido en los últimos días, ya no tenía fuerzas tras la pelea. Había perdido por completo la capacidad de defenderse.

¿Realmente iba a morir hoy?

¡No era justo!

¡Toc, toc!

De pronto, llamaron a la puerta.

El hombre pensó que los prestamistas habían llegado. Se limpió la sangre de la cara a toda prisa y corrió a abrir.

La entrada estaba protegida por una reja de hierro exterior y una puerta interior.

Al asomarse, descubrió a un grupo de hombres corpulentos liderados por una joven sumamente hermosa.

Retrocedió con cautela.

—¿Quiénes son ustedes?

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