Varios periodistas intentaron entrevistar al capturado El Cobra, pero la policía les negó el acceso.
La prensa no tuvo más remedio que seguir emitiendo reportajes basándose en la información que lograban recabar.
Sin embargo, la exposición del Club Ensueño sirvió para resolver milagrosamente la crisis de relaciones públicas del Hospital Sandoval.
Los internautas, que hasta hacía poco atacaban sin piedad las vulnerabilidades del hospital, ahora volcaban toda su indignación sobre el Club Ensueño.
Incluso se crearon grupos dedicados exclusivamente a repudiar a El Cobra, donde los usuarios compartían videos llenos de insultos y condenas en su contra.
Sergio Sarmiento, quien tenía planeado reunirse con El Cobra esa misma noche para saldar el pago final, ¡no podía creer que en un solo día de viaje de negocios el mundo se hubiera volteado al revés!
¡Se trataba de El Cobra!
¿Cómo era posible que alguien lo atrapara de repente?
¿Acaso no contaba con un guardaespaldas de élite?
—Amor, hoy fuiste a cobrar el pago final de las fábricas. ¿Lo conseguiste? —preguntó Leonor de Sarmiento al verlo llegar, abordándolo de inmediato.
Sergio ya tenía los nervios de punta, y aquella pregunta fue la gota que colmó el vaso.
—¡Dinero, dinero, dinero! ¡Es lo único que te importa! ¡Todo el santo día exigiéndome dinero, como si te debiera algo! ¡Si hubieras criado bien a nuestro hijo, nada de esta porquería nos estaría pasando! ¡Eres el ave de mal agüero de esta casa!
Sabiendo la gravedad de la situación de la familia Sarmiento, Leonor ni siquiera se atrevía a salir de compras ni a pisar la calle. Solo intentaba mostrar algo de apoyo, y en cambio recibió una lluvia de gritos.
—Amor, no te lo digo para enojarte, solo me preocupo por ti. Si de verdad no conseguimos el dinero, ¿quieres que vaya con mi hermano a pedirle prestado?
—¡¿Y qué esperas para ir?! —le gritó él.
Leonor tomó su bolso a toda prisa y salió de la casa.
Apenas cruzó la puerta, Sergio también salió corriendo en otra dirección.
***
Después de cenar, Valeriano acompañó a Roxana de vuelta a la universidad.
No quería despedirse, pero tampoco quería cruzar los límites y arriesgarse a que ella se enojara.
Así que se conformó con tomarle la mano, y con voz cargada de ternura, le pidió:
—Cuando llegues a tu dormitorio, mándame un mensaje para saber que estás bien.
—Lo haré, pero ya tienes que soltarme.
Valeriano no aflojó su agarre.
—¿De verdad no quieres quedarte otra noche?
Roxana suspiró con una sonrisa indulgente.
¡Algo no encajaba!
De pronto, recordó lo que le había mencionado Brenda. ¿Acaso sería el coche de Sergio Sarmiento?
Roxana sacó su celular de inmediato y abrió la aplicación vinculada al micrófono diminuto que le había colocado a Agustina Méndez.
Hasta entonces no había tenido tiempo de activarlo, pero aquel era el momento perfecto.
Sin embargo, para su sorpresa, no se escuchaba ninguna conversación.
Reinició la aplicación un par de veces y seguía sin recibir sonido alguno.
¿Acaso el dispositivo había fallado?
¿O tal vez...?
¡BUM!
El auto estacionado al borde del camino explotó sin previo aviso.
El rugido ensordecedor destrozó la tranquilidad de la noche en un instante.
Las llamas carmesí devoraron el vehículo, y el resplandor de la explosión iluminó la mitad del campus.

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