Marina sentía que no soportaría un susto como este por segunda vez.
Había sido pura casualidad que ellos estuvieran en Puerto Esperanza en este momento. Si esto hubiera sucedido mientras ellos estaban en Veridia, la angustia de no poder proteger a sus hijas la habría vuelto loca.
Rafael compartía el mismo sentimiento. Originalmente, habían aceptado que Roxana estudiara allí porque pensaban que su expediente académico no era el mejor. Pero ahora que sabían que su hija era un genio absoluto, cualquier universidad de prestigio en Veridia se pelearía por tenerla. Y si ella decidía no estudiar y solo disfrutar de la vida, también estarían de acuerdo.
—Déjenme pensarlo y les doy una respuesta definitiva —dijo Roxana con calma.
Antes de todo esto, no tenía ninguna intención de mudarse a Veridia. Pero, al recordar el mensaje que el hacker había dejado en el sistema encriptado de Valeriano, sentía que su misterioso enemigo probablemente ya había trasladado su base de operaciones a la capital.
Además, tenía otros asuntos pendientes que resolver en Veridia para fin de año.
Por eso no cerró la puerta a la idea de inmediato.
—¡Señor Soler, señora, señorita! ¡La señorita Yara acaba de regresar! Pero se ve en muy mal estado, y además... —El mayordomo apareció en la puerta de la sala de estar, agitado.
Antes de que pudiera terminar la frase, Yara Soler irrumpió en la casa con paso tembloroso.
Su cabello era un desastre enmarañado, la blusa de diseñador estaba rasgada por el hombro y sus pantalones estaban sucios de polvo y tierra.
Cualquiera que la viera pensaría que acababa de sufrir un asalto brutal.
—Papá... mamá... —susurró Yara, y su voz se quebró al instante. Empezó a sollozar, mientras su cuerpo entero temblaba como una hoja.
Aunque Marina había estado decepcionada de ella por su actitud reciente, ver a la niña que crio en ese estado lamentable hizo que se olvidara de cualquier reproche. Corrió hacia ella, con el rostro pálido por la preocupación.
—¡Yara! ¡Por Dios, mija! ¿Qué te pasó? ¿Cómo terminaste así?
—Yo... —Yara se abrazó a sí misma y se calló. En lugar de responder a su madre, desvió la mirada hacia Roxana, buscando una reacción.
Rafael entendió la situación de inmediato.
—Yara, ya descubrimos quién te llevó. Fue esa profesora tuya de la universidad, Agustina Méndez. Estamos seguros de que te secuestró para chantajearnos y evitar que siguiéramos escarbando en su pasado.
—¡Papá! —Yara se quedó perpleja. Su indirecta no había servido de nada; sus padres ni siquiera cuestionaron a Roxana y, en cambio, estaban culpando a su profesora—. ¡No fue la profesora Agustina! Ella solo me pidió que la acompañara a hacer un recado. La verdadera persona que planeó todo esto para lastimarme fue...
Giró el rostro, mirando a Roxana con los ojos llenos de resentimiento, lista para escupir su nombre.
Pero en ese preciso instante, la fotografía de Agustina Méndez apareció en la pantalla del televisor gigante de la sala.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA