Incluso cuando surgían roces entre Yara y Roxana, él se ponía instintivamente del lado de Yara por miedo a que se sintiera desplazada.
Pero en ese preciso instante, su cerebro hizo un repaso rápido de toda su convivencia con Yara. Por más que rebuscó en sus memorias, no logró encontrar ni una sola vez en la que ella hubiera hecho algo desinteresado por él.
El único recuerdo que le vino a la mente fue de hace mucho tiempo, cuando le pidió ayuda para elegir un regalo para Dulce. Yara no solo se negó, sino que le armó una escena reclamándole que no le preparaba regalos de cumpleaños a ella, pero sí se desvivía por otras personas.
Antes no le daba importancia. Pensaba que simplemente estaba acostumbrada a que la mimaran, y que tener esos caprichos era normal.
Pero las palabras que Roxana acababa de decirle le dejaron un nudo en la garganta.
No era que le molestara que Yara no lo ayudara, sino que Yara disfrutaba de todo el amor y el apoyo incondicional de la familia, y aun así, nunca parecía satisfecha.
Y él, sabiendo en el fondo que Yara actuaba mal, siempre le pedía a Roxana que fuera condescendiente con ella.
¡Había sido un hermano pésimo!
—Roxana... lamento cómo me comporté antes. Te hice pasar por malos ratos.
Roxana no entendió por qué sacaba ese tema de la nada, pero respondió con indiferencia:
—Eso ya es agua pasada.
Además, ella nunca había salido perdiendo en esos conflictos.
Darío sintió una punzada de culpa en el pecho y cambió de tema.
—Roxana, ¿has pensado en ir a la universidad en Veridia? Aunque la Universidad del Sur es excelente, en investigación médica no se compara con los recursos de Veridia. Además, acabas de regresar a la familia y a papá y mamá les cuesta separarse de ti. Si estudias allá, tendrías acceso a lo mejor y podrías recuperar el tiempo perdido con la familia.
—Mis padres ya me lo mencionaron. Lo pensaré.
Darío no insistió más.

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