—Me alegra que te gusten. Bienvenida a casa. De ahora en adelante, puedes hacer lo que quieras aquí. Mientras yo esté, nadie se atreverá a decirte una sola palabra.
Las palabras de Mateo fueron directas y firmes.
Tan concisas como él mismo, pero cargadas de una sinceridad absoluta.
Roxana asintió dócilmente.
—De acuerdo. Gracias, Mateo.
Al verla tan educada y tranquila, el corazón blindado de Mateo se ablandó aún más.
Su hermanita había sufrido muchísimo allá afuera todos estos años. Ahora que por fin estaba en casa, no tendría que soportar los malos tratos de nadie nunca más.
Marina y Rafael, al ver que su hijo mayor, siempre tan reservado y frío, trataba con tanta ternura a Roxana en su primer encuentro, sonrieron con alivio y orgullo.
—Mateo, ese retrato familiar debe haberte costado muchísimo esfuerzo. Sobre todo porque no conocías a Roxana en persona y lograste capturar su esencia a la perfección. Fuiste muy detallista —comentó Marina.
Roxana lo miró con sorpresa.
—¿Tú mismo lo dibujaste y luego mandaste a que lo fabricaran?
Yara, viendo que Roxana no estaba al tanto, encontró la oportunidad perfecta para intervenir y soltó rápidamente:
—Roxana, seguro no lo sabías, pero nuestro hermano es un artista increíble. Hace tiempo diseñó una colección de joyería exclusiva para la Mansión Sandoval llamada «Esencia Serena». ¡En un solo mes, las ventas superaron los cien millones de pesos!
Roxana parpadeó, levemente asombrada.
—¿Así que tú eres «El Solitario»?
«El Solitario» era el seudónimo de un legendario diseñador de joyas que, cinco años atrás, había sacudido el mercado internacional. Con una sola colección, que desbordaba elegancia y misticismo, dominó la industria mundial.
Desde mujeres de la alta sociedad de ochenta años hasta madres comprando para sus bebés, todos se volvieron locos por sus diseños.
Pero como «El Solitario» solo lanzó esa colección, y de cada pieza existía un único ejemplar en el mundo, la gente se desesperó tratando de comprarlas.
Hubo subastas donde miles de personas pujaban por un solo collar.
Al final, tuvo que rematar la última pieza en una subasta exclusiva, donde un magnate la compró por ochenta millones de pesos.

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