—Se lo merece —afirmó Mateo.
Yara observaba la armoniosa escena familiar y sentía que el pecho se le estrujaba de la rabia.
Dejando de lado que los regalos que Mateo le había traído a Roxana valían más de cien millones de pesos... ella también había recibido muchos obsequios caros de su hermano a lo largo de los años.
Pero él nunca se había tomado la molestia de dibujarle un retrato personal.
Y ahora que por fin volvía a tomar el lápiz, ¡era única y exclusivamente para agradar a Roxana!
¿Cómo era posible que ella, la intocable princesa de los Soler, hubiera quedado relegada a suplicar atención?
No estaba dispuesta a soportarlo.
Así que rompió el momento con una voz dulce y cantarina.
—¡Mateo, no puedes tener favoritismos! Dijiste que me traerías un regalo de tu viaje. ¡No se vale que te olvides de mí solo porque Roxana ya está en casa!
Aunque su tono era bromista, la indirecta era clara como el agua.
Si Mateo no le daba nada en ese instante, quedaría como un hipócrita.
Mateo la miró con calma. Su expresión cálida no desapareció, después de todo, antes de que Roxana volviera, él siempre había mimado a Yara como a su propia hermana.
—Por supuesto que no lo olvidé.
Abrió su maletín de cuero y sacó una caja rectangular y alargada, entregándosela.
—Gracias, hermano —dijo Yara. Al instante reconoció el empaque de una prestigiosa marca de lujo de élite y lo abrió con emoción.
Dentro descansaba un collar adornado con zafiros y diamantes.
Aunque el diseño era hermoso, no pertenecía a la colección de alta joyería exclusiva de esa marca.
El precio, a lo sumo, era equivalente al del retrato familiar que le habían hecho a Roxana.
La sonrisa de Yara se tensó un poco.

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