El agarre de Valeriano era firme y seguro.
Roxana sintió el calor irradiar desde la espalda hacia todo su cuerpo.
Aun así, no bajó el arma. Su mirada se mantuvo tan fría y calculadora como siempre.
—¿Necesitas que me quite del medio? —preguntó ella.
—No hace falta —susurró Valeriano justo en su oído, con su voz grave y magnética—. Tu pulso será el mío.
Él guio la mano de Roxana, ajustando el ángulo de tiro, esperando el instante perfecto.
La respiración del hombre era pausada, tan imperturbable como él mismo.
Su imponente aura de poder la envolvía por completo.
—Dispara.
El dedo de Roxana presionó el gatillo, mientras el índice de Valeriano descansaba sobre el de ella.
¡Bang!
¡Bang!
Dos disparos secos rompieron la noche.
Los neumáticos delanteros del auto que se abalanzaba contra ellos estallaron al unísono.
El conductor enemigo no tuvo tiempo de reaccionar. El vehículo derrapó salvajemente y volcó a un costado de la carretera.
Los autos que venían más atrás, al presenciar la precisión letal de sus objetivos, frenaron a una distancia segura y desataron una lluvia de balas contra ellos.
Los proyectiles golpearon el auto de Valeriano como una tormenta de granizo de plomo.
Pero él ya lo tenía calculado. Pulsó un botón en la consola central.
De inmediato, paneles de cristal blindado de máxima seguridad emergieron de las puertas, sellando las ventanas, mientras una coraza negra reforzaba el chasis del vehículo.
Aunque sabía que el blindaje era impenetrable, el sonido estridente de las balas rebotando hizo que Leandro se cubriera la cabeza por puro instinto.
Cuando la balacera cesó, apenas pudo balbucear:
—Joven Valeriano... ¿qué hacemos ahora?
Al girarse, Leandro vio a su jefe en medio del caos, sin una sola gota de sudor en la frente, sosteniendo a Roxana protectoramente entre sus brazos.
¡¿Cómo podía haber tanta diferencia entre el valor de dos hombres?!
Valeriano lo miró con evidente desprecio.
—Cobarde.

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