Aunque no se veían sombras moviéndose en el pasillo, sabía que había alguien al otro lado de la puerta.
Era una intuición que había desarrollado tras años de enfrentar el peligro constante.
Nunca le había fallado.
Afuera, la lluvia caía con más fuerza.
Parecía decidida a ahogar al mundo entero.
«Clic».
El pestillo de la puerta de su habitación emitió un leve sonido.
Roxana no se movió. Al contrario, cerró los ojos y fingió estar profundamente dormida.
Pronto, la puerta se abrió con cautela.
¡Una ráfaga de aire con olor a césped húmedo inundó la habitación, directa hacia Roxana!
¡Incluso la brisa que traía consigo desprendía una intensa sed de sangre!
Roxana abrió los ojos de golpe. Su mirada gélida localizó rápidamente al intruso. En un movimiento ágil, levantó la manta, se la arrojó a la cabeza y lo pateó fuera de la cama.
El hombre cayó pesadamente al suelo, pero reaccionó rápido. Se puso de pie, se arrancó la manta y frunció el ceño para soportar el dolor.
Al ver a Roxana, vestida con un camisón de seda, sus ojos grises brillaron con genuino asombro.
No esperaba que alguien con un aura tan recta como Bernardo Montes escondiera a una belleza tan fría y deslumbrante en su casa.
—Preciosa, en vista de que eres de mi completo agrado, ¡te daré una oportunidad de vivir! Sométete a mí y te prometo que de ahora en adelante podrás caminar por aquí como una reina.
Roxana soltó una carcajada burlona.
—Si viniste a buscar tu muerte, ¡ahórrate las tonterías!
El hombre que tenía enfrente llevaba ropa de cuero y guantes. Sus facciones eran profundas y marcadas, típicas de un extranjero. Por su apariencia, no podía determinar si pertenecía al grupo que la había emboscado antes en la carretera.
Antes de dormir, Valeriano había ordenado a los Sombras que hicieran guardia afuera, pero como nadie había acudido en su ayuda, sabía que la situación era grave.
Lo más probable era que los Sombras estuvieran lidiando con más atacantes.
—Qué carácter —dijo él, sacando un cuchillo que brillaba fríamente. Lo limpió contra su guante con movimientos lentos y llenos de una presión amenazante—. ¿Estás segura de que no quieres esta oportunidad de vivir?
Roxana, con los pies descalzos sobre el suelo frío, mantuvo su expresión serena y altiva.
—Te devuelvo la pregunta. Si me dices quién te envió, quizás te deje vivir como al perro que eres.
El hombre se enfureció al escucharla. Sus ojos grises se volvieron gélidos.
—Una belleza es un tesoro, pero si no sabes cuándo rendirte, solo me queda eliminarte.

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