Al ver a través de los lentes quién había destruido el hilo de la Hoja Líquida, una sonrisa perezosa se dibujó en sus labios pálidos.
—Con razón... eras tú.
Detrás de él, Alonso y Siete aguardaban en silencio.
Al escuchar el tono de sorpresa y fascinación de su jefe, intercambiaron una mirada confundida.
—Jefe —intervino Alonso—, Filo Tres acaba de activar la señal de auxilio. ¿Damos luz verde para intervenir?
Patricio soltó una carcajada suave y despectiva.
—No. Tengo otros planes.
Siete, indignada al ver que su líder estaba dispuesto a abandonar a uno de los suyos, no pudo contenerse.
—Jefe, Filo Tres es un maestro con esa arma, pero ya ha sido rodeado. Esos tipos no van a tener piedad con él. Perderlo sería un golpe duro para nosotros.
La organización había pasado años operando en las sombras para evitar ser rastreada. Sus métodos de asesinato eran únicos; si Filo Tres caía vivo y confesaba, el mundo entero sabría de su existencia.
¡Siete no quería volver a los días de persecución y miseria!
Alonso, aunque no tenía binoculares para ver qué estaba ocurriendo, respaldó a su compañera.
—El enemigo es peligroso, jefe. Para evitar riesgos futuros, ¿no sería mejor aniquilarlos a todos esta misma noche?
Patricio lo miró con gélida indiferencia.
—Ustedes no tienen el nivel para enfrentarse a esa gente. Nos retiramos. Preparen el vuelo privado, volvemos a casa esta misma noche.
Siete y Alonso quedaron de piedra.
Hacía apenas unas horas, en la subasta, él les había ordenado arrebatar el Ginseng a cualquier costo. Y ahora, tras un solo cruce de golpes, ¿se rendía y ordenaba la retirada?
¿A quién demonios se estaban enfrentando?
Siete apretó los puños, negándose a ceder.
—Jefe, pero Filo Tres...
Patricio bajó los binoculares y la atravesó con una mirada letal.
Sus ojos azules, ahora desprovistos de cualquier lente de contacto falso, brillaban con la profundidad turbia y peligrosa del océano.
—Siete. Estás hablando demasiado.
Esa frase, pronunciada sin levantar la voz, llevaba una carga de amenaza absoluta.
Alonso agarró a Siete del brazo de inmediato, advirtiéndole en silencio que no cruzara la línea.
Patricio guardó sus binoculares con exasperante lentitud, bajó de la valla metálica y su voz se volvió aún más implacable.


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