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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 805

Ese recuerdo se sentía tan lejano que parecía un sueño.

Pero Roxana sabía que no lo era.

Todo lo que había en esa pesadilla era real: las jeringas que le clavaban, los órganos marcados, la vida atrapada en una especie de tubo de ensayo...

Si no hubiera resultado ser compatible con Alcira Maldonado, probablemente ahora mismo estaría desfigurada y sin vida.

Por eso, durante todos estos años, se esforzó por volverse más fuerte; su único propósito era destruir ese infierno.

Pero llegó demasiado tarde.

Las viejas frustraciones y arrepentimientos volvieron a emerger al escuchar las palabras «pequeña muda».

Incluso dentro de esa vida infernal, hubo momentos de calidez mínima.

Había una niña que, a pesar de estar muerta de miedo todo el tiempo, se colaba en la cocina después de que Roxana recibía una golpiza, para robarle un trozo de pan y que no pasara hambre.

También había un niño que, después de que le extrajeran sangre a Roxana, encontraba la forma de hacer sus tareas para evitar que la castigaran con latigazos.

Había olvidado los números que les asignaron a esos dos niños, pero recordaba sus rasgos.

Al niño le faltaba un pedazo de carne en el brazo tras ser mordido por un perro rabioso, y a la niña la habían azotado en la espalda con un látigo mojado en agua salada, dejándole una cicatriz que parecía una serpiente arrastrándose por su piel.

Durante todos estos años no había dejado de buscar el Orfanato del Valle, pero nunca obtuvo resultados. Todos los rastros desaparecieron misteriosamente junto con la institución.

Su única pista, Agustina Méndez, también desapareció tras la caída de Sergio Sarmiento en Puerto Esperanza.

Siete se quedó en silencio tras decir sus últimas palabras.

Miró fijamente a Roxana, intentando descifrar las emociones ocultas tras su fachada imperturbable.

Aunque Roxana ya había negado su identidad un par de veces, cada vez que la veía, Siete no podía evitar dudar.

«¿Es Aura?»

«¿O no es Aura?»

Cada vez que ese pensamiento cruzaba por su mente, la llenaba de ansiedad, como si estuviera frente a su peor enemigo.

Con Roxana en silencio, las manos de Siete, que descansaban sobre sus rodillas, se apretaron lentamente.

Se dijo a sí misma que esta sería la última vez.

Esta sería la última vez que dudaría. ¡Si Roxana no era Aura, no volvería a mostrar misericordia!

Pero Roxana seguía sin responder.

El corazón de Siete pareció hundirse en un pantano de decepción.

Los nervios de Roxana, que no habían estado relajados en ningún momento, se tensaron de golpe.

Sus ojos, generalmente serenos, se volvieron tan fríos como un lago de hielo insondable, desprendiendo un aura aterradora.

Siete la miró con emociones encontradas en sus ojos y luego le dedicó una sonrisa resplandeciente.

—¡Pero la verdad, preferiría no conocerte, porque juré que la próxima vez que te viera, te mataría!

Al escuchar esas palabras, Roxana sintió una emoción indescriptible brotar en su pecho.

Pero antes de poder analizarla, la chica pelirroja atacó.

¡Sus movimientos fueron rápidos como un rayo, lanzando sus dedos como garras afiladas directamente hacia su garganta!

Roxana no se quedó atrás. Saltó de la motocicleta y, cuando la pelirroja estuvo lo suficientemente cerca, la agarró por los hombros para usar su impulso, la tomó del cuello y ¡le aplicó una llave de judo, arrojándola por encima de su propio hombro!

—¡Maldición!

Siete se estrelló pesadamente contra el suelo.

¡Roxana avanzó rápidamente, lanzando una patada directa a su garganta!

Sintiendo el peligro inminente, Siete rodó por el suelo, esquivando el golpe letal por los pelos.

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