Roxana Soler le envió un mensaje a Daniel de inmediato.
[Mientras investigas a Julián, busca también pistas sobre Tigre y Bastián de la Alianza Ígnea. Necesito saber dónde están.]
Daniel respondió al instante: [De acuerdo.]
Al terminar de escribir, Roxana notó que Valeriano Sandoval también estaba enviando mensajes. Lo más probable era que estuviera rastreando el paradero de Bastián y Tigre.
—Roxana —dijo Bernardo Montes, dejando su teléfono para mirarlos a ambos—. La Familia Solórzano organizará una fiesta de celebración mañana a las siete de la noche y me han invitado. También asistirán la Familia Morgan y la Familia Cullen. Si tienen tiempo y les interesa, pueden acompañarme.
«Esto es claramente una trampa», pensó Roxana.
Sin embargo, aceptó de inmediato. De todos modos, tenía planeado regresar mañana por la noche, así que el horario de las siete encajaba perfecto con sus planes.
Al ver que ella accedía, era evidente que Valeriano tampoco se quedaría atrás.
***
Alonso condujo de regreso al lugar donde se había separado de Siete y subió directo hacia la cima de la colina.
Al llegar a lo más alto, la lluvia ya había cesado, pero el suelo seguía empapado. A Siete no pareció importarle; estaba sentada al borde del acantilado con las piernas colgando. Su cabello rojo, cubierto por la humedad de la niebla, había perdido su habitual rebeldía.
—Siete, el suelo está mojado. ¿No te da frío estar ahí sentada?
Cuando Alonso se acercó, notó que junto a ella había cinco latas vacías.
Todas eran de cerveza.
El olor a alcohol flotaba a su alrededor. Él frunció el ceño.
—¿No dijiste que ya tenías claro quién era ella? ¿Por qué dejas que te afecte de esta manera?
Siete soltó una risa seca y giró la cabeza para mirarlo.
—Alonso, no me equivoqué. Ella es Aura.
Alonso, que estaba a punto de jalarla para que se pusiera de pie, se quedó paralizado. Sus ojos se abrieron con total incredulidad.
—¡Eso es imposible! Si fuera Aura, ¿por qué no...?
¿Por qué no los reconocería? No se atrevió a pronunciar esas últimas palabras, pero su expresión se volvió aún más sombría que antes.
—No hay error, ella misma lo admitió —dijo Siete antes de darle otro trago a su lata—. Dios tiene un sentido del humor muy cruel; siempre se asegura de que las cosas salgan exactamente al revés de lo que deseo. Alonso, ¿sabes qué más me dijo? Me preguntó si estábamos dispuestos a abandonar la organización. Dijo que podía ayudarnos.
La manzana de Adán de Alonso subió y bajó un par de veces. Su respiración se volvió áspera.
—Tienes razón. No debí olvidarlo. Ya que nuestra líder se ha ido, ¿qué te parece si hacemos algo al respecto?
Alonso la miró a los ojos.
No necesitaron decir nada más; ambos comprendieron perfectamente lo que el otro estaba pensando.
***
Pronto llegó la noche. La fiesta de la Familia Solórzano se llevó a cabo en el restaurante con estrellas Michelin más exclusivo del país.
Debido a una emergencia de último minuto en la Corporación Sandoval, Valeriano tuvo que ir a resolver el problema primero. Bernardo le entregó su propia invitación para asegurarse de que pudiera entrar al evento más tarde.
Cuando Roxana llegó con su tío Bernardo, la entrada del restaurante ya estaba repleta de autos de lujo.
El chofer abrió la puerta para Bernardo, quien bajó primero y, con un gesto caballeroso, ofreció su brazo para que Roxana se apoyara en él.
Ella llevaba un vestido de gala color amarillo brillante, deslumbrante y hermoso.
Ese tono era sumamente difícil de lucir; cualquier error en el corte o en la actitud de quien lo usara la haría parecer un semáforo andante.
Pero en ella no se veía nada vulgar. Al contrario, parecía una criatura etérea recién salida de un cuento de hadas.

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