En ese preciso instante, otros dos autos de lujo se detuvieron uno tras otro.
—¡Señor Montes!
Antes de que el vehículo se detuviera por completo, una voz ansiosa interrumpió el paso de Bernardo y Roxana hacia el restaurante.
Bernardo frunció el ceño, visiblemente molesto.
Roxana se dio la vuelta, curiosa.
De uno de los autos descendió con elegancia una joven con un vestido largo sin tirantes que barría el piso.
Al ver que Bernardo se había detenido, la mujer se acomodó el cabello hacia un lado y caminó hacia él balanceando las caderas de forma seductora.
Roxana observó la silueta familiar y no pudo evitar sonreír. Vaya, era una vieja conocida.
—Señor Montes, es un verdadero honor encontrarlo hoy. Esta noche vengo sin acompañante. ¿Sería tan caballeroso de prestarme uno de sus brazos para escoltarme hacia adentro?
Sandra ni siquiera se dignó a mirar a la joven que ya estaba del brazo de Bernardo.
Siempre le había atraído Bernardo; le parecía maduro, elegante y sumamente encantador.
Además, sabía que él jamás había presentado públicamente a ninguna novia o prometida. Estaba completamente segura de que la chica a su lado era solo una cita de relleno para no llegar solo.
Por eso, sin esperar la respuesta de Bernardo, se paró del otro lado e intentó enlazar su brazo con el de él.
—Me niego. Le pido que mantenga su distancia —respondió Bernardo de manera cortés pero tajante. Dio un par de pasos hacia un lado junto con Roxana, marcando su espacio.
Sandra se quedó de piedra. Bernardo siempre se había caracterizado por ser un caballero impecable. ¡No podía creer que la estuviera rechazando!
¡Y mucho menos a la vista de todos!
Bernardo no tenía intención de prestarle más atención.
—Vámonos, Roxana.
¿Roxana?
¡Qué nivel de confianza!
Los labios rojos de Sandra temblaron de indignación. ¿Quién se creía esa tipa vestida como un enorme canario?
Cuando giró la cabeza para fulminarla con la mirada, la chica también volteó.
Al ver esas facciones finas y hermosas, Sandra no pudo contenerse y gritó:

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