Ante las súplicas desesperadas de Joseph y Nader, Bernardo y Valeriano finalmente accedieron a trasladarse a un salón privado para resolver el asunto.
Mientras tanto, los demás invitados, al enterarse de que aquella joven con rostro de ángel no era la nueva conquista de Bernardo, sino su sobrina, comenzaron a lanzar miradas de lástima hacia Sandra y Annette.
El estado mental de ambas chicas era un caos.
Especialmente al ver las expresiones furiosas de sus padres; sentían que el mundo se les venía encima.
¿Por qué nadie había mencionado jamás que el señor Montes tenía otra sobrina?
No había salido en las noticias, ni un solo rumor.
¿Cómo iban a arreglar este desastre?
—¡Sandra, ¿quién te dio permiso para sentarte?! —bramó Joseph.
—¡Annette, ponte de pie en este mismo instante! —le gritó Nader a su hija.
Ambas, ya de por sí aterradas, se levantaron de un salto al escuchar los gritos de sus padres.
Parecían pajaritos asustados, mirándolos con ojos llenos de miedo y desesperación.
—¿A mí qué me ven? Provocaron a la sobrina del señor Montes sin motivo alguno y la difamaron frente a todos. ¿No tienen algo que decir? —rugió Joseph.
Sandra fue la primera en balbucear:
—Señor Montes... yo no sabía que era su sobrina. Si lo hubiera sabido, jamás me habría atrevido a hacer algo así.
Roxana estaba sentada justo frente a ella, con Valeriano a su lado.
Ambos proyectaban una imagen de absoluta complicidad e intimidad.
Al escuchar la excusa de Sandra, Valeriano comentó con sarcasmo:
—Por lo que dices, no te estás disculpando porque entiendas que cometiste un error, sino porque te diste cuenta de que te metiste con alguien más poderoso que tú. Familia Cullen... qué educación tan ejemplar.
Esas palabras fueron como una bofetada invisible. Los rostros de ambos padres se desfiguraron de la vergüenza.
—No es verdad, yo solo... ¡Ah!

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