Nadie hería a su familia en su propia casa y salía impune.
—Papá, no te apresures. Seguro tiene cómplices.
Rafael comprendió de inmediato.
—¿La dejaste ir a propósito para que nos lleve hasta los demás?
—Exacto. Infiltrarse en la casa de los Montes no es algo que alguien pueda hacer solo.
Rafael se maldijo por su propio descuido.
—De acuerdo. Aun así, ordenaré bloquear terminales, estaciones y aeropuertos. No dejaremos que escape.
—Me parece perfecto.
Al regresar adentro, los abuelos llamaron a Roxana, aún aterrados. Tras revisarla de pies a cabeza y comprobar que estaba bien, respiraron aliviados.
—¡Jamás imaginé que esa mujer fuera una impostora! —se lamentó Doña Isabel—. Revisé a fondo su historial antes de traerla. Todo estaba en orden... ¡Es mi culpa!
Al ver el caos en la sala y el rostro de Yara ensangrentado, la culpa la abrumó.
—No es tu culpa, abuela —la consoló Roxana—. Esto fue planeado meticulosamente. Seguro se fijaron en Doña Agustina desde el principio para usar su identidad e infiltrarse.
Don Hipólito, sabiendo que su esposa no había descansado bien, asintió para tranquilizarla.
—Roxana tiene razón, querida. No te culpes. Además, Marcelo ya está atendiendo a Yara. No será nada grave.
—¡Ah, me duele! Tío, ¿me quedará cicatriz? —sollozó Yara, apoyada en Marina mientras Marcelo limpiaba la herida.
No podía creer que la mujer que tanto la había consolado resultara ser una impostora que además le arruinó la cara. ¡Estaba furiosa!
Marcelo, consciente de la vanidad de la chica, intentó tranquilizarla.
—No quedará cicatriz. Es larga, pero superficial. Si la desinfectas a diario, cambias los vendajes y evitas alimentos irritantes, sanará en una semana.
—¿De verdad? No me mienta... Si me queda marca, yo...

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