Valeriano Sandoval tenía las manos y los pies atados, y su impecable traje estaba lleno de arrugas y manchas, pero ese toque de desaliño no opacaba en absoluto su elegancia ni su atractivo natural.
Estaba recostado contra la pared de madera con una actitud completamente relajada.
En su apuesto rostro no había ni un ápice de miedo; por el contrario, irradiaba la calma de alguien que tenía la situación bajo control.
—¿Por qué tanta prisa? El espectáculo apenas comienza.
Leandro no se sintió consolado en lo absoluto. Sus últimos dos días habían sido una montaña rusa de terror y desesperación.
Todo lo que había ocurrido la noche anterior volvió a su mente como un torbellino.
Habían volado desde Estados Unidos hacia la Región de los Tres Oros en plena madrugada, pero antes de poder reunirse con sus subordinados de la Alianza Ígnea, fueron emboscados.
Aunque lograron abrirse paso con la ayuda de sus guardaespaldas y conseguir un yate para llegar a esa isla, la pesadilla recién empezaba.
Creían que al pisar tierra firme podrían tomar un respiro, pero los mercenarios que los persiguieron parecieron predecir sus movimientos y los esperaban en la costa.
Tras una encarnizada balacera, su escolta de treinta hombres quedó reducida a solo doce.
Milagrosamente lograron escapar y montaron un pequeño campamento en lo alto de una colina, esperando sobrevivir a la noche para reagruparse con los refuerzos al amanecer.
Pero, para su desgracia, volvieron a ser atacados de madrugada.
Esta vez no fueron asesinos a sueldo, sino los nativos de esa isla.
Aparecieron de la nada, aullando y gritando consignas de guerra, rodeándolos por completo. Su ventaja numérica era abrumadora.
Los guardaespaldas no se atrevían a abrir fuego por miedo a revelar su posición a los mercenarios, así que tuvieron que pelear cuerpo a cuerpo.
Justo cuando empezaban a ganar terreno, Valeriano dio una orden insólita.
—Dejen que nos capturen. Al menos así no pasaremos hambre.
Leandro pensó que su jefe se había vuelto loco. Temblando, se atrevió a protestar.
—Señor Sandoval, hace apenas una hora se comió el último corte de carne que nos quedaba. No creo que tenga hambre todavía.
Valeriano lo miró de reojo, imperturbable.
—¿Me estás llamando glotón?
Leandro sintió un nudo en el estómago y trató de excusarse.
—¡No, para nada! Solo me preocupa que esta tribu termine... devorando su hermoso cuerpo. Si le pasa algo, a su prometida no le va a gustar nada.

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