—¡Ahhh! —gritó Daniel, aterrorizado—. ¡Jefa, eso... eso es...!
—Cálmate, no es su piel de verdad.
Daniel suspiró, aliviado, cortando su grito en seco.
Roxana tomó aquel pequeño parche de la palma de Daniel, le quitó la fina capa de adhesivo protector y extrajo un trozo de papel encerado minuciosamente doblado.
Daniel no dejaba de mirar el papel, lleno de intriga al verla desdoblarlo con cuidado.
Roxana leyó las diez abreviaturas de compuestos químicos y las coordenadas geográficas escritas en el papel.
—¿Todos estos químicos te los inyectaron? —preguntó de inmediato.
—Sí, pero no nos daban uno por uno. Crearon un cóctel tóxico y nos inyectaban dos dosis diarias, tanto a mí como a los dos muchachos de la Alianza Ígnea. Las coordenadas del final las memoricé la única vez que recuperé un poco la consciencia en esa isla.
Roxana memorizó la lista en cuestión de segundos. En su mente ya estaba formulando el antídoto necesario para salvarlo.
—¿Qué pasó con Bastián y Tigre, los de la Alianza Ígnea?
—Nos separaron y nos subieron a aviones distintos. Me desmayé apenas despegamos, así que no sé a dónde los llevaron. Pero si nadie los ha rescatado todavía, lo más seguro es que sigan prisioneros en esa isla.
—Entendido —dijo Roxana. Tras grabar las coordenadas en su memoria, le prendió fuego al papel.
—¡Jefa! ¡Julián casi da la vida por conseguir esa información, y usted acaba de quemarla! —exclamó Daniel, alarmado.
—Tengo el conocimiento para curarlo, pero esta fórmula es demasiado peligrosa. Si cae en malas manos, sería catastrófico, así que es mejor destruirla —explicó Roxana con calma. Luego, miró a Julián con una gratitud palpable—. Hiciste un excelente trabajo, Julián. Ahora solo descansa. Yo me encargo del resto.
Desde que comenzó a investigar sobre la isla de la Región de los Tres Oros, Julián intuía que esa Secta del Hado estaba vinculada al pasado oscuro de su jefa.
Por eso se había aferrado a la vida hasta lograr entregarle esa información.
Ahora, al escuchar sus palabras, la tensión que lo había mantenido alerta desapareció por completo y volvió a caer en una profunda inconsciencia.
—¡Julián! ¡Jefa! ¡Se volvió a desmayar! —gritó Daniel al ver a su amigo aún más pálido que antes, saltando presa del pánico.
—Tranquilo. Solo está exhausto. El desmayo es el mecanismo de defensa de su propio cuerpo para poder sanar.
Roxana le ordenó a Daniel que saliera con ella.

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