Entre exclamaciones de asombro y jadeos ahogados, el pequeño cuchillo voló con una fuerza imparable directo hacia el cuello del barbudo.
El barbudo soltó una maldición y, presa del pánico, agarró la silla que tenía debajo para cubrirse la cabeza.
Pero no fue suficiente.
Con un doble sonido seco, la afilada hoja atravesó la madera de la silla y se clavó profundamente en su clavícula.
—¡Ah! —El barbudo gritó de dolor. Arrojó la silla a un lado y se apretó la herida, haciendo muecas de agonía.
Pero esta vez no se atrevió a insultar.
El hecho de que esa persona hubiera logrado darle desde tan lejos dejaba claro que no era alguien común y corriente.
Nadie esperaba que alguien de apariencia tan delgada y frágil tuviera semejante poder explosivo, superando incluso al primero que había atacado.
Fue en ese momento que todos comprendieron la verdad: aquel asesino debilucho era, en realidad, la existencia más aterradora de todas.
De pronto, nadie se atrevió a decir ni una palabra.
Al ver la escena, los otros tres asesinos contuvieron el aliento.
Ellos habían logrado acertar a los esclavos dentro del círculo de fuego porque la distancia era corta y el espacio para correr era limitado.
Pero ese sujeto había apuntado a un miembro del público entre la multitud abarrotada.
Y lo peor: había dado en el blanco con precisión milimétrica incluso cuando su objetivo intentó cubrirse con una silla.
¡Eso no podía ser simple suerte!
Roxana Soler barrió a todos con una mirada indiferente, para luego fijar sus ojos en Patricio Solís, quien observaba recargado desde el segundo piso. Esbozó una sonrisa fría.
—He jugado este jueguito demasiadas veces y ya me aburrió. ¿Qué les parece si cambiamos las reglas?
El hombre de piel oscura que hacía de presentador también estaba intimidado por las habilidades de Roxana, pero su curiosidad pudo más.
—¿Nuevas reglas? ¿Por qué no nos das más detalles?
Con una mirada altiva y un tono provocador, Roxana anunció:
—Que esos tres disparen a las presas y yo las defenderé. Si logran herir a alguna de estas presas en un minuto, pierdo.
¡La declaración hizo que el lugar estallara en un alboroto!

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