—¡Segundo al mando!
Los subordinados en el primer piso gritaron aterrados al ver cómo el arma se clavaba en el cuerpo del hombre.
Al segundo siguiente, Patricio Solís se puso de pie con el rostro helado y lo soltó.
El hombre, que hasta hacía un momento rebosaba energía, cayó desde el balcón como un peso muerto, sin señales de vida.
Tras un golpe seco, aterrizó justo frente a los hombres de abajo.
La sangre salpicó en todas direcciones.
Una escena perturbadora.
En otra habitación, Nader Solórzano se puso de pie de un salto al presenciarlo.
¡Pero qué carajos pasaba con el segundo al mando!
¿No habían hecho un trato para eliminar a Patricio? ¡Por qué diablos se atravesó para recibir el golpe por él!
¡Ese imbécil solo servía para arruinar planes!
Y ahora, ¿cómo se suponía que iba a arreglar ese desastre?
—¡Jefe Patricio! ¡Todos nosotros somos hermanos que han arriesgado el pellejo por usted, y el segundo al mando le entregó su vida entera! ¡Y usted lo usó de escudo humano! ¡Lo obligó a morir en su lugar! ¿Acaso alguna vez nos ha visto como seres humanos?
Todo había sucedido demasiado rápido.
Muchos de los subordinados no alcanzaron a ver si el segundo al mando se había puesto en medio por voluntad propia o si el jefe lo había usado de escudo.
Pero al escuchar al asesino gritar con tanto sentimiento, sus mentes se inclinaron hacia esa versión.
A la vez, albergaban la pequeña esperanza de que su jefe diera alguna explicación.
Patricio Solís tomó un pañuelo blanco de la mesa y se limpió los dedos meticulosamente, uno por uno.
Luego bajó la mirada hacia los hombres que aguardaban ansiosos en el primer piso y una sonrisa se dibujó en sus atractivos pero siniestros rasgos.
Sin embargo, esa sonrisa no llegó a sus ojos.
—¿De verdad van a creerle a un traidor? Todo lo que acaban de ver fue una obrita de teatro entre él y el segundo al mando. Solo que a este payaso se le fue la mano y le costó la vida a su compañero.
La lealtad y la sumisión que los subordinados sentían por él estaban grabadas hasta en los huesos. Al oír sus palabras, le creyeron ciegamente y se volvieron contra el asesino.

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