El rostro de Nader se descompuso de inmediato.
—Maldita, vuelve a decirme una sola palabra y te juro que, cuando bajemos de este barco, te arrastraré conmigo a la fuerza.
Si antes había tratado a Roxana con cierto respeto, fue solo para asegurarse un lugar en el yate.
Una vez que estuvieran en tierra firme, volvería a ser el temido líder de la Familia Solórzano.
Por supuesto, ahora mostraba su verdadera cara.
—Layna.
La Jefa Akna interrumpió a su hermana, pidiéndole que se callara.
Acababan de perder su hogar, y la Familia Solórzano era conocida por su naturaleza vengativa. Si cruzaban la línea con él, les sería muy difícil sobrevivir en el exterior.
Al ver que Layna obedecía, Nader se llenó de arrogancia.
—Ya ves, tu hermana es mucho más lista que tú. Una mujer debe aprender a leer la situación y saber cómo complacer a los hombres; de lo contrario, perderá la vida sin siquiera darse cuenta.
Con una sonrisa cínica, sacó un puro mojado de su chaqueta. Lo frotó entre sus dedos y se lo llevó a la nariz para olerlo.
Era su manera de presumir su estatus superior.
Layna y la Jefa Akna apretaron los dientes, sintiendo asco por su humillante provocación.
De pronto, un destello plateado pasó volando frente a ellas.
Nader no se percató de nada.
Pero, un segundo después, sintió un hormigueo punzante en el dorso de la mano; al bajar la vista descubrió que tenía una aguja clavada.
Con el impacto, su mano empezó a temblar sin control.
El puro y el encendedor cayeron al suelo.
—¡¿Quién fue?! ¡¿Quién se atreve a atacarme?!
Roxana lo miró con total frialdad, sin responderle, y se dirigió hacia donde estaba el joven a punto de caer.

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