Vanessa observó a Roxana con detenimiento. No sabía quién era, pero a juzgar por cómo Mireya la trataba, seguramente no tenía influencias importantes.
Decidió usar sus mejores trucos. Levantó la vista con los ojos llenos de lágrimas, luciendo como una víctima acorralada, y le lanzó una mirada llena de dolor a Roxana.
—Compañera, dices que tienes pruebas, ¿verdad? ¿Por qué no nos las muestras a todos de una vez? Puede que yo no venga de una familia millonaria, pero mis padres me enseñaron valores. Sé muy bien que mentir y levantar falsos testimonios es un acto vil.
Luego, elevó un poco el tono para asegurarse de que todos la escucharan.
—En esta liga no solo hay jueces de alto nivel, sino también medios de comunicación invitados por la Universidad de Veridia. Si llamas a la policía y haces un escándalo mediático, aunque después se demuestre que nosotras decíamos la verdad, la reputación del evento quedará manchada por los rumores. ¿No te parece que tu actitud es extremadamente egoísta y malintencionada?
Otilia conocía perfectamente esa estrategia.
En su casa, había soportado cientos de veces ese mismo chantaje moral. Vanessa y su madre solían manipular la situación para hacerse las víctimas, haciendo que todos los vecinos creyeran que Otilia era la mala de la historia y que ella causaba los problemas.
Incluso habían amenazado a su padre, diciéndole que si se atrevía a pedir el divorcio, harían un escándalo en su lugar de trabajo para arruinarlo públicamente.
Antes, Otilia soportaba esos abusos para proteger a su padre y evitaba confrontar a Vanessa. Pero esta vez, ya no estaba dispuesta a callarse.
—¡Basta de chantajes, Vanessa! En la casa te he aguantado de todo, ¡pero esto es una competencia! ¡No voy a permitir que pisotees a mis compañeros de equipo!
Al escuchar ese reclamo, los ojos de Vanessa se llenaron de más lágrimas, perfeccionando su acto de mártir.
—Otilia, solo estoy diciendo la verdad, ¿por qué me tratas así? Yo no quiero lastimar a nadie, solo pido que se haga justicia. Me acusas de ladrona, tus amigas dicen que soy una criminal y encima me amenazan con llamar a la policía. Al hacer todo esto, ¿no se dan cuenta de que le están faltando al respeto a la Profesora Casandra?
La Profesora Casandra, que se había quedado helada cuando Roxana mencionó a la policía, observó de nuevo a esa joven inquebrantable.
Estaban en territorio de la Universidad de Veridia; normalmente, cualquier foráneo se sentiría intimidado en esa situación. Pero esa chica no mostraba ni un ápice de nervios. Su calma era desconcertante.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA