Rosalinda miró en la dirección indicada y vio a una joven con un vestido elegante. Aunque solo podía verla de perfil, las suaves líneas de su rostro parecían la obra de arte más perfecta de la creación. Una sola mirada bastaba para cautivar a cualquiera.
Como si sintiera que la observaban, la joven giró la cabeza.
Al cruzar miradas, Rosalinda contuvo el aliento instintivamente. Había pensado que alguien con un perfil tan hermoso no necesariamente sería tan impresionante de frente, pero se equivocaba; de frente era aún más espectacular.
Sus rasgos eran tan refinados como una escultura meticulosamente tallada, dotándola de una elegancia innata.
Rosalinda siempre se había considerado atractiva y capaz de competir con cualquiera, pero frente a esa chica, sintió un repentino e inexplicable complejo de inferioridad.
Roxana notó cómo la evaluaba y también le dio un rápido vistazo. Tenía el cabello rubio y los labios rojos, un estilo muy típico de las mujeres de negocios por aquí.
Sin embargo, había una clara hostilidad en sus ojos, algo que a Roxana le pareció desconcertante, pues no entendía de dónde provenía.
—¿Eres tú quien busca a Daniel? —Al darse cuenta de que la joven no sería fácil de manejar, Rosalinda decidió tomar la iniciativa.
Roxana asintió con tranquilidad.
—Así es. ¿Daniel te pidió que bajaras a recibirme?
La naturalidad con la que habló reflejaba una postura de autoridad de alguien acostumbrado a ser atendido.
Las alarmas sonaron aún más fuerte en la cabeza de Rosalinda. «¿Y si no es una arribista aprovechándose de su belleza, sino la heredera de alguna familia poderosa?».
—Daniel está muy ocupado en este momento. Me pidió que bajara a ver de qué se trata. ¿Con quién tengo el gusto?
Sabiendo que mentía, la mirada de Roxana se volvió más fría.

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