Roxana calculó sus tiempos mentalmente y respondió con una sonrisa.
—Haré todo lo posible por asistir.
Gema sabía lo ocupada que estaba, así que obtener esa promesa ya era un logro enorme. Satisfecha, finalmente la soltó.
Al ver que Gema por fin liberaba a su hija, Marina y Rafael se acercaron rápidamente.
—Mi niña... —comenzó Marina, con los ojos llorosos—. Tu padre y yo de verdad no podíamos imaginar que seguirías superando todas nuestras expectativas. Nos llena de orgullo, pero al mismo tiempo nos duele pensar en todo lo que tuviste que sufrir para llegar a ser tan extraordinaria.
Rafael asintió, invadido por la melancolía. Durante los años en los que su hija más necesitaba protección, ellos no habían estado a su lado.
—Ya, ya... —la consoló su esposo—. Que Roxana sea tan brillante es motivo de alegría. Ahora todo su esfuerzo ha rendido frutos. No estés triste. Tenemos toda la vida por delante para estar junto a ella, y te aseguro que mientras nosotros estemos aquí, nadie se atreverá a menospreciarla ni un poco.
Marina le dio la razón a su marido. Su mirada se desvió de forma casual hacia su hija adoptiva, Yara, y notó cómo su expresión, que un segundo antes era de puro resentimiento, se transformaba de inmediato en una máscara de dulzura.
El corazón de Marina se hundió un poco más.
Retiró la mirada y, dirigiéndose a su verdadera hija, le dedicó una sonrisa llena de ternura y firmeza.
—Tu padre tiene toda la razón, Roxana. Mientras nosotros respiremos, no permitiremos que nadie te mire por encima del hombro. Absolutamente nadie. Y eso incluye a la propia familia.
Sus palabras eran una promesa para Roxana, pero también un ultimátum velado.
Si Marina había aceptado que Yara viajara con ellos, no fue solo porque sus padres lo pidieran; en el fondo, quería darle una última oportunidad a la niña que ella misma había criado.
Durante los años en los que la búsqueda de su hija biológica solo traía decepciones, Yara fue quien la sacó de la desesperación una y otra vez. Los únicos momentos de alegría y paz en más de una década se los había dado ella.
Por eso, Marina guardaba la esperanza de que Yara no decepcionara a sus abuelos, que aceptara su lugar en la familia y dejara de hacer locuras.
Yara, que momentos antes ardía en celos hacia Roxana, no esperaba cruzarse con la mirada de su madre.
Aunque había corregido su expresión a tiempo, sintió un hueco en el estómago. Y ese nerviosismo alcanzó su punto máximo cuando escuchó las palabras de Marina.
¡Su madre lo había visto todo!

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