—Señorita Yara, si sigue caminando saldremos de la zona residencial. A esta hora ya es tarde, no es seguro que ande sola por ahí.
La empleada de servicio, que había estado siguiendo a Yara en silencio, se vio obligada a intervenir cuando notó que la joven llegaba a las puertas del complejo y no daba señales de detenerse.
Yara, lejos de agradecer la preocupación, se dio la vuelta con una mirada cargada de furia.
—¡Qué atrevimiento el tuyo! ¿Desde cuándo tienes derecho a cuestionar a dónde voy? ¿Acaso ya no quieres tu trabajo en la casa de los Montes?
Al ver la reacción violenta, la empleada se apresuró a disculparse.
—Señorita Yara, no me malinterprete. Solo me preocupaba su seguridad. Si gusta, espéreme un momento; iré por uno de los autos para llevarla a donde desee.
El rostro de Yara se suavizó un poco al escuchar la propuesta.
—Entonces date prisa. Este lugar está lleno de mosquitos; si me pican, ¡ni con tu vida entera podrías pagármelo!
—Sí, señorita. Vuelvo en cinco minutos —respondió la mujer, asustada, y salió corriendo hacia la casa.
El problema era que la residencia de los Montes estaba ubicada en una de las zonas más exclusivas de Estados Unidos. El complejo estaba rodeado de áreas verdes, con árboles imponentes, arbustos perfectamente podados y un hermoso lago artificial de aguas cristalinas justo en la entrada principal.
Este tipo de paisajes espectaculares traía consigo una desventaja: los insectos.
Especialmente en esa temporada, los mosquitos eran una plaga incontrolable. Por más que la administración fumigara constantemente, era imposible erradicarlos.
Yara llevaba menos de un minuto esperando cuando empezó a dar saltos y manotazos en el aire, desesperada por las picaduras.
—¡Como si no fuera suficiente que me humillen en la casa, ahora hasta los bichos se burlan de mí! ¡Son todos unos malditos!
Llena de ira y negándose a esperar un segundo más, dio media vuelta y salió del complejo caminando a paso rápido.
Fuera de la zona residencial, se extendía una calle silenciosa y solitaria.
Yara miró a su alrededor. Estaba completamente vacía. Luego, levantó la vista y notó una cámara de seguridad instalada en un poste. De pronto, un destello de malicia iluminó sus ojos.
Caminó un par de pasos hasta quedar justo bajo el lente de la cámara. De repente, su expresión cambió drásticamente, fingiendo un terror absoluto.
Acto seguido, dio media vuelta y echó a correr como alma que lleva el diablo hacia un callejón oscuro, fuera del alcance de las cámaras.
***
Mientras tanto, en la casa de los Montes.
Roxana había salido al balcón para contestar una llamada de Valeriano Sandoval. Estaban conversando cuando vio a la empleada regresar casi sin aliento.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA