Patricio sabía perfectamente que en los últimos años la Familia Valente se había vuelto cada vez más insolente. Con un último trazo firme, levantó el pincel.
La caligrafía quedó impecable, agresiva, desprendiendo un aura letal, como si cada letra contuviera un instinto asesino oculto.
—Hermana, ¿por qué simplemente no acabas con la Familia Valente de una vez por todas? Se la han pasado fastidiándote la vida durante años.
Francisca detuvo lo que estaba haciendo al escucharlo.
La Familia Valente le causaba un profundo asco, era cierto, pero no llegaba al extremo de querer erradicarlos.
—Patricio, no te metas en los asuntos de los Valente. Me odian porque Justino me dejó absolutamente todo a mí. Les quité su mayor fuente de ingresos; es normal que estén resentidos. Aunque no han dejado de hacer sus jugarretas, no han logrado sacudir los cimientos de nuestra empresa.
—Pero toda esa fortuna te pertenece por derecho. ¡Toda esa bola de sanguijuelas vivió del dinero de mi cuñado durante años! Mientras él los mantenía, jamás abrieron la boca. Ahora que tú eres quien los mantiene, ¿por qué tienes que soportar sus insolencias?
Francisca soltó un largo suspiro.
—Suficiente, Patricio. Tengo mi propia manera de lidiar con ellos. No te desgastes pensando en estas cosas.
Sabiendo que ambos tenían perspectivas totalmente diferentes y que ninguno cedería, Patricio decidió dejar el tema por la paz.
Después de acompañar a su hermano hasta su habitación, Francisca volvió a la suya.
Salió a la terraza, que ofrecía una vista espectacular de la noche, y su mente divagó hacia Roxana.
La primera vez que la vio fue precisamente aquí, en Estados Unidos.
En aquel entonces, Roxana tenía solo dieciséis años. Era una adolescente delgada y de aspecto frágil, pero el talento que demostró en la pintura dejó al mundo boquiabierto.
No solo rompió con el monopolio estadounidense sobre el premio internacional de arte, sino que se convirtió en una leyenda viva para los demás estudiantes.
Francisca, que acababa de enviudar y estaba atravesando la etapa más oscura de su vida, vio su propio reflejo en esa joven imparable. Fue por eso que invirtió el capital inicial para ayudarla a fundar Maison Milán.
Ella pensaba que tardarían al menos tres años en ver algún retorno de inversión. Para su asombro, Roxana logró que la marca fuera rentable en menos de doce meses.
Y desde ahí, Maison Milán creció paso a paso hasta convertirse en el imperio global que era hoy.
Eran verdaderas amigas; se habían apoyado mutuamente para salir del abismo.

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