La empleada perdió la poca paciencia que le quedaba y llamó directamente a los guardias de seguridad.
Al ver salir a dos hombres imponentes y fornidos con uniforme, Yara se asustó y retrocedió un par de pasos por instinto.
Sin embargo, su orgullo herido no le permitía retirarse sin más, así que señaló a la empleada con el dedo y la amenazó:
—¡Ya me memoricé tu cara! ¡Me las vas a pagar!
Iba a conseguir a alguien con suficiente dinero para rentar esa tienda y exigiría que despidieran a esa maldita empleada. ¡Le iba a arruinar sus ventas para que aprendiera con quién se metía!
Dentro de la tienda, Roxana, que estaba acompañando a Francisca a elegir un vestido, giró la cabeza y, a través del gran ventanal, vio a Yara marcharse furiosa.
¿No se suponía que estaba lastimada? ¿Qué demonios hacía tan lejos de su casa paseando por el centro comercial en lugar de estar descansando?
—¿No te pedí que fueras al almacén por las botas? ¿Por qué te tardaste tanto?
La gerente de la tienda no disimuló su molestia al ver regresar a la empleada.
La empleada se apresuró a explicar lo sucedido.
—Lo siento mucho, jefa. Lo que pasa es que fui a bajar la cortina de la entrada y me topé con una clienta desquiciada. Le expliqué amablemente que la tienda estaba reservada y le pedí que regresara en tres horas, pero se puso terca y quería entrar a la fuerza. Tuve que llamar a seguridad para que no se metiera.
Aunque la Avenida de las Estrellas no tenía el estatus legendario de la Quinta Avenida, seguía siendo un lugar frecuentado por personas de la alta sociedad.
La gerente claramente no esperaba que alguien armara semejante berrinche y se comportara de forma tan vulgar.
Roxana asoció de inmediato la anécdota con la escena de Yara saliendo furiosa y preguntó:
—¿Esa chica por casualidad quería comprar unos zapatos?
La empleada se sorprendió al ver que había adivinado el motivo exacto, y asintió rápidamente.
—Sí... ¿Cómo lo sabe, señorita Roxana?
Francisca también escuchó la conversación. Se acercó sosteniendo un vestido elegante y preguntó con curiosidad:
—Sí, Roxana, ¿cómo lo supiste?
—Porque la chica del berrinche que acaban de correr era Yara.
Francisca entendió al instante. Aunque Roxana no se quejaba de ella a menudo, sabía perfectamente que esa tal Yara era una ficha de cuidado.
—Con razón. Bueno, no dejes que gente insignificante te arruine el día. ¡Ven a probarte este vestido! Creo que te va a quedar espectacular, y es perfecto para una cita especial.
Al decir lo último, Francisca le guiñó un ojo con complicidad.

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