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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 981

El chofer, que al principio tenía la intención de bajarse y disculparse, perdió las ganas al ver la actitud tan arrogante de la chica.

Bajó la ventanilla directamente y enfatizó:

—Señorita, le pido que cuide su lenguaje. Fue usted quien salió corriendo de la esquina de repente. En una situación así, incluso si hubiera ocurrido un accidente, la responsabilidad principal no sería nuestra.

Yara Soler había acumulado rabia durante todo el trayecto, y al ver que un simple chofer se atrevía a contradecirla, levantó la mano y le dio una bofetada.

—¡Quién te crees que eres para gritarme! Soy la hija de la familia más poderosa y rica del país. El auto de nuestra familia es mil veces mejor que esta basura. ¡Con tu miserable sueldo no eres digno ni de dirigirme la palabra!

El chofer, abofeteado sin razón, se puso rojo de ira.

¡Cómo podía existir una señorita de sociedad tan grosera y sin educación!

—Yara Soler.

De pronto, una voz suave pero gélida provino del asiento trasero.

Yara estaba furiosa, pero al escuchar aquella voz tan atractiva, no pudo evitar echar un vistazo hacia el interior.

Aunque el color de los ojos del chico era distinto, reconoció de inmediato que se trataba del mismo muchacho que la había llamado fea en la Universidad de Veridia.

El viejo rencor se sumó a la furia reciente.

—Me preguntaba qué familia ciega podría criar a un empleado tan maleducado. ¡Resulta que eres tú!

—¡Quién le dio permiso de hablarle así a mi joven amo! ¡Si dice una palabra más, no nos culpe por ser rudos! —saltó el chofer.

Últimamente, la salud del joven amo estaba deteriorada y su humor era pésimo. No se atrevían a contradecirlo, así que solo les quedó sacarlo a pasear, aunque habían desplegado otros vehículos alrededor para garantizar su seguridad.

Pero Yara estaba tan cegada por la rabia que ignoró por completo la advertencia del conductor.

Por el contrario, miró a Patricio Solís con superioridad.

Aunque él tenía el rostro un tanto pálido, esa elegancia lánguida y seductora seguía siendo hipnótica.

Sin pedir permiso, ella abrió la puerta y se subió al auto.

—Quiero ir a La Quinta Avenida. Llévenme hasta allá y tal vez les perdone el hecho de que casi me atropellan.

El rostro del chofer cambió drásticamente. Su joven amo era un germófobo y detestaba compartir el espacio con otras personas.

Había quitado el seguro de las puertas solo para facilitarle la salida al joven amo en caso de emergencia, no para que esta atrevida se subiera gratis.

—¡Bájese de inmedia...!

—Está bien. Arranca —interrumpió Patricio.

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