Mientras corrían, Francisca miraba frenéticamente a su alrededor tratando de localizar al tirador.
¡Plaf!
¡El hombre que corría delante de ellas recibió un impacto directo en la cabeza y cayó al suelo en medio de un charco de sangre!
—¡Dios mío! —gritó Francisca, horrorizada al presenciar la escena junto al resto de los transeúntes.
El rostro de Roxana se volvió sombrío. No había escuchado la detonación, lo que significaba que el asesino estaba usando un silenciador.
Calculando el ángulo de tiro, era casi seguro que el francotirador estaba escondido en el tercer piso del pequeño edificio en diagonal a ellas.
—¡Francisca, por aquí!
Roxana la empujó hacia un callejón estrecho. Las paredes altas de los edificios servirían como escudo e impedirían que el tirador las fijara como blanco.
Mientras se ocultaban, el francotirador abatió a dos personas más.
Una de ellas parecía ser un joven universitario que trabajaba a medio tiempo.
—Roxana, ¿qué hacemos? Si nos quedamos escondidas aquí y la policía acordona el lugar, podríamos quedar atrapadas en medio del fuego cruzado —dijo Francisca, frustrada y culpándose a sí misma—. Ojalá no hubiera dejado a los guardaespaldas en la tienda recogiendo las compras. Si estuvieran aquí, nos cubrirían y no estaríamos en esta situación.
—¡Rápido, todos hacia acá!
Varios policías irrumpieron por los extremos de la calle peatonal, disparando hacia la parte alta del edificio mientras cubrían a la multitud para que escapara a una zona segura.
La gente, que corría desesperada como animales acorralados, de pronto encontró una salida y se dirigió en masa hacia allí.
—Vamos, nosotras también salimos.
Roxana protegió a Francisca mientras avanzaban.
Apenas salieron del callejón, Roxana percibió un zumbido agudo cortando el aire.
Sin pensarlo, empujó a Francisca hacia unos contenedores de basura metálicos.
El cristal de la tienda que estaba detrás de ellas estalló en mil pedazos, esparciendo fragmentos afilados en todas direcciones.
Francisca rodó por el suelo para esquivarlo y terminó chocando contra los contenedores.
Al girarse, vio que Roxana había retrocedido hacia la entrada del callejón.
—¡Roxana!
—¡Estoy bien!

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