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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 1

~MINA~

El golpe me hizo perder el equilibrio y tuve que apoyar una mano en el suelo para no caer de costado. Sentí el sabor metálico de la sangre en la boca antes incluso de ser consciente del ardor que me atravesaba el labio, pero no tuve tiempo de comprobar cuánto me había lastimado porque Ezequiel volvió a agarrarme del brazo y me puso de pie de un tirón.

Sus dedos se hundieron en mi carne con tanta fuerza que supe que al día siguiente tendría allí otra marca morada que añadir a las muchas que ya cubrían mi cuerpo.

Intenté contener el llanto, no porque creyera que hacerlo fuera a detenerlo, sino porque había aprendido que algunas veces mis lágrimas conseguían enfurecerlo todavía más. Con Ezequiel nunca existía una manera correcta de reaccionar. Si lloraba, decía que intentaba manipularlo; si me quedaba callada, me acusaba de desafiarlo; si le pedía perdón, quería saber qué estaba confesando, y si trataba de explicarme, aseguraba que le estaba mintiendo.

Ocho años a su lado me habían enseñado todas sus reglas y, al mismo tiempo, me habían demostrado que ninguna servía cuando él decidía que yo merecía un castigo.

—¡Te vi, maldita puta! —rugió, sacudiéndome con tanta violencia que los dientes me chocaron entre sí—. ¿Crees que soy un pendejo? ¿Crees que puedes andar restregándote con mis hombres delante de mis narices y yo no voy a darme cuenta?

—Yo no hice nada, Ezequiel —conseguí decir, aunque apenas reconocí mi propia voz entre los sollozos que intentaba contener—. Te juro que no hice nada. Yo solamente miré en su dirección.

Otro golpe me hizo girar la cara y esta vez sí se me escapó un gemido.

Cerré los ojos por puro reflejo, deseando desaparecer de aquella habitación, encogerme hasta convertirme en algo tan pequeño que él dejara de verme, pero su mano se cerró alrededor de mi cabello y tiró hacia atrás con tanta fuerza que sentí un dolor punzante extenderse desde el cuero cabelludo hasta la nuca.

—¿Solo viste en su dirección?

—S-sí.

—¿Sí? —repitió con una risa que me erizó la piel—. Entonces explícame por qué cuando los miré voltearon a ver en otra dirección rápidamente?

Mi estómago se contrajo. Aquello sí era cierto y por eso no pude responder inmediatamente.

Julián llevaba semanas buscando momentos en los que pudiera acercarse a mí sin despertar sospechas, unos minutos aquí, otros allá, siempre fingiendo que necesitaba preguntarme algo relacionado con la casa. Nunca habíamos tenido una conversación completa porque ambos sabíamos que las paredes tenían oídos, pero había sido suficiente para que me hiciera entender que quería ayudarme.

Al principio creí que era una trampa. Ezequiel ya había hecho cosas parecidas antes, había enviado personas a ganarse mi confianza para comprobar qué decía cuando pensaba que nadie iba a contárselo, así que tardé mucho en creerle.

Julián había tenido que repetirme varias veces que no quería nada a cambio, que tenía una hermana de la edad que yo tenía cuando Ezequiel me volvió su prisionera y que no soportaba seguir viendo lo que me hacían.

Dos noches atrás me había dicho que quizá había encontrado una forma de sacarme de la propiedad. No me dio detalles. No alcanzó a hacerlo. Ezequiel apareció y nosotros nos separamos inmediatamente, pero ahora comprendía que nos había observado, que había visto suficiente para construir en su cabeza una historia completamente distinta.

—No era lo que tú piensas —dije desesperada, aferrándome a su muñeca porque el tirón de mi cabello me obligaba a mantener la cabeza inclinada hacia atrás—. Por favor, Ezequiel. No estaba coqueteando con él. Yo nunca haría eso.

—Vas a ver de lo que soy capaz, puta.

La calma repentina de su voz me asustó mucho más que los gritos.

Dejé de forcejear y lo miré, tratando de reconocer en su rostro qué estaba pensando, pero Ezequiel ya no parecía fuera de control. Sonreía. Una sonrisa pequeña, casi tranquila, mientras seguía sujetándome del cabello.

Conocía aquella expresión. Era la que aparecía cuando ya había decidido qué hacer y sabía que nada de lo que yo dijera podía cambiarlo.

—Nunca más volverás a coquetear con este hijo de puta después de hoy —añadió.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—¿Qué vas a hacer?

Él no respondió. Giró la cabeza hacia uno de los hombres que permanecían cerca de la puerta y le hizo una seña.

Hasta ese momento apenas había reparado en ellos; estaba demasiado ocupada tratando de protegerme de Ezequiel para prestar atención al resto de la habitación, pero vi cómo uno desaparecía por el pasillo y comprendí que aquello todavía no había terminado.

Miré alrededor buscando a alguien que pudiera ayudarme y enseguida me odié por hacerlo. Nadie iba a intervenir. Algunos mantenían la vista baja, otros observaban sin expresión. Todos sabían quién era Ezequiel Montalvo y lo que ocurría cuando alguien se atravesaba en su camino.

Yo también lo sabía, quizá mejor que cualquiera de ellos, y aun así una parte absurda de mí seguía esperando que alguna vez alguien dijera basta.

—Ezequiel, por favor —murmuré, sintiendo que el miedo se instalaba como una piedra dentro de mi pecho—. Lo que sea que estés pensando, no lo hagas. Yo no hice nada.

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