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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 101

~MAKSIM~

La furia me golpeó tan rápido que apenas fui consciente del momento exacto en que crucé la distancia entre nosotros.

Agarré a Yegor por la camisa y lo estampé contra la puerta de la camioneta blindada.

—¿Dónde m****a está Leonid? —gruñí en su cara, apretando el agarre de mi puño en su camisa—. ¿Por qué no vino?

Todo ocurrió al instante.

Los hombres de Petrov levantaron las armas. Los míos hicieron exactamente lo mismo.

El sonido metálico de los seguros quitándose retumbó alrededor del club mientras la tensión se volvía tan pesada que parecía imposible respirar.

Yegor ni siquiera pestañeó.

Ese viejo hijo de perra simplemente me observó con esa calma venenosa propia de los hombres que habían sobrevivido demasiado tiempo dentro de ese mundo.

Luego me arrancó la mano de encima con una brusca manotada y acomodó lentamente el cuello de su camisa.

—Mi Pakhan no está aquí porque sospechó que esto sería una emboscada —respondió con frialdad—. Y viendo la cálida bienvenida que nos preparaste… parece que hizo bien en mantenerse lejos.

Sus ojos recorrieron los tejados, los hombres armados, los vehículos blindados y después volvieron a mí.

—Nuestro Pakhan prefiere mantenerse con vida.

Solté una risa seca y peligrosa.

—Curioso. Porque yo pienso exactamente lo mismo de ustedes.

Di un paso hacia él.

—Dudo mucho que un hombre al que acaban de matarle a su hija quiera resolver las cosas civilizadamente con un maldito acuerdo de paz.

Vi cómo varios de sus hombres tensaban las mandíbulas. Yegor, en cambio, siguió sonriendo como un viejo lobo lleno de cicatrices y veneno.

—Aunque no lo creas, Volkov, todavía sabemos comportarnos como personas civilizadas cuando la situación lo requiere.

Su sonrisa se ensanchó apenas.

—¿O acaso no resolviste tú tus problemas con los italianos exactamente de esa manera?

Sentí la rabia endurecerme el cuerpo.

Mi mente entendió inmediatamente hacia dónde quería llevar aquella conversación y eso solo consiguió irritarme más.

—Mi situación con los italianos fue distinta —espeté—. Yo no asesiné a la hija del Don Cardinale. Nuestros conflictos eran por mercancía, rutas y territorio. No por algo más... complicado.

Yegor inclinó apenas la cabeza.

—Y tú tampoco asesinaste a la hija de Leonid Petrov.

Apreté los dientes tan fuerte que sentí que la mandíbula se me iba a romper.

Artem dio un paso a mi lado, listo para intervenir si aquello empeoraba.

—Habla claro de una puta vez, Baranov —gruñí—. ¿Qué m****a quiere Petrov?

Yegor sostuvo mi mirada unos segundos antes de extender lentamente una mano hacia la entrada del club.

—¿De verdad vas a dejar a tus invitados aquí afuera? Empiezo a creer que juntarte con italianos te quitó la educación y te volvió un pésimo anfitrión.

Rechinando los dientes, le hice un gesto brusco con la mano.

—Entren de una puta vez entonces.

Yegor sonrió apenas.

Él y sus hombres avanzaron hacia el interior del club mientras yo me quedaba atrás unos segundos más.

Saqué rápidamente el teléfono del bolsillo y escribí un mensaje para Alessia.

[[Petrov no vino. Solo Yegor Baranov.]]

La respuesta llegó casi inmediatamente y sentí algo de alivio al saber que seguía bien dentro de la casa.

[[Aquí todo despejado. Ojo con eso.]]

Escribí otra vez:

[[Cuídate.]]

Alessia respondió de inmediato.

[[Tú también, moyo Pakhan.]]

Guardé el teléfono nuevamente y entré al club.

Cuando llegué a la zona privada, Yegor y sus hombres ya estaban sentados alrededor de la mesa asignada para la reunión.

Artem intercambió una mirada conmigo antes de tomar asiento a mi lado. Yo hice lo mismo, aunque cada fibra de mi cuerpo gritaba que sentarme cerca de esos hijos de perra era una pésima idea.

Yegor me observó unos segundos y luego soltó una risa baja.

—Definitivamente los italianos te echaron a perder, Volkov.

Hizo una pequeña pausa antes de continuar:

—Un matrimonio.

Mi cuerpo entero se endureció.

—¿Con quién?

La sonrisa de Yegor se volvió venenosa.

—Mila Volkova.

Solté una risa incrédula.

«Qué hijos de puta.»

Aquello no era una alianza. Era una forma elegante de ponerle las manos encima a mi hermana para vengarse.

Me recliné lentamente en la silla sin apartar los ojos de él.

—¿Y con quién piensan casarla?

Yegor sostuvo mi mirada.

—Conmigo.

Sentí una oleada de rabia tan violenta que por un segundo imaginé atravesándole el cráneo con la botella de vodka ahí mismo.

Pero me contuve.

Apenas.

—¿Y la otra opción? —pregunté con la voz endurecida por la furia.

Yegor guardó silencio unos segundos. Disfrutándolo. El maldito viejo estaba disfrutando cada segundo de aquello.

Finalmente habló.

—La segunda condición es igual de simple.

Sus ojos se clavaron directamente en los míos.

—Entréganos a la asesina de Irina Petrova.

Sonrió apenas.

—Entréganos a Alessia Cardinale.

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