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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 121

~ALESSIA~

Los gritos me arrancaron del sueño tan bruscamente que durante un segundo pensé que nos habían encontrado y otra vez nos estaban atacando.

El corazón empezó a golpearme con fuerza dentro del pecho mientras abría los ojos de golpe y estiraba la mano debajo de la almohada para sacar la pistola. La habitación estaba oscura y lo primero que noté fue el espacio vacío a mi lado.

Maksim no estaba en la cama.

Carajo.

Me incorporé inmediatamente, todavía medio dormida y con el miedo atravesándome el cuerpo mientras intentaba escuchar mejor lo que ocurría afuera.

Más gritos me llegaron. La voz de Maksim, furiosa.

Salí de la cama apresuradamente y abrí la puerta de la habitación justo cuando otro grito retumbó dentro de la cabaña.

Venían del lado donde se encontraba la habitación de Mila.

Avancé rápidamente por el corredor con el arma entre las manos hasta llegar allí y apenas crucé la puerta entendí inmediatamente qué estaba pasando.

Mila estaba junto a la cama con el rostro completamente rojo. Nicolo y Paolo permanecían varios pasos delante de ella, tensos como si estuvieran esperando un disparo en cualquier momento.

Y Maksim parecía a punto de matar a alguien.

Su pecho subía y bajaba con violencia mientras el rostro se le veía endurecido por una rabia tan brutal que hasta daba miedo acercarse demasiado.

—¿Qué demonios está pasando? —pregunté, aunque ya sabía exactamente qué pasaba.

Maksim soltó una carcajada seca y furiosa antes de girarse hacia mí.

—Lo que está pasando es que encontré a estos dos hijos de puta con mi hermana, viéndome la cara de imbécil mientras se supone que debían estar vigilando la maldita cabaña.

«Ay, m****a.»

La expresión de Maksim empeoró todavía más cuando vio mi cara.

Sus ojos se entrecerraron lentamente, con sospecha.

—¿Tú lo sabías, verdad? —Su índice me señaló, acusador—. Tú lo sabías

No fue una pregunta. Fue una acusación directa.

Suspiré apenas, sabiendo que no podía seguir guardando el secreto de Mila.

—Sí.

Maksim soltó otra risa sin humor alguno y pasó una mano por su rostro antes de señalarme con furia.

—Increíble. Honestamente increíble. Parece que todos aquí decidieron verme la cara de idiota.

—Maksim…

—¡No! —me interrumpió—. Traigo a estos dos italianos de m****a aquí porque confiaba en ellos y resulta que usan el tiempo para meterse en la cama con mi hermana mientras descuidan la vigilancia de la cabaña.

FURIOSO 1

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