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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 126

~ALESSIA~

«Pero... ¿qué carajos hace Maksim aquí?», me pregunté, mientras observaba cómo la expresión de Maksim se endurecía apenas miraba a Nicolo y a Paolo junto a mí y supe al instante que, definitivamente, aquello no iba a terminar bien

Los hermanos Ravelli también lo entendieron inmediatamente porque ambos se tensaron apenas él se acercó.

—¿Qué m****a hacen todavía aquí estos dos hijos de puta? —gruñó Maksim.

Su voz salió cargada de esa rabia espesa que llevaba dos días acumulándose dentro de él.

Paolo bajó apenas la cabeza y Nicolo permaneció inmóvil al lado de su hermano.

—¿Acaso no les quedó claro que los quería lejos? —continuó Maksim—. Fuera de mi cabaña y fuera de mi puta organización.

Me llevé la mano a la frente y la froté con fuerzaientras suspiraba lentamente antes de mirar a los hermanos.

—Vayan a hacer sus rondas y no olviden lo que les acabo de decir —les ordené, despidiéndolos rápidamente para que nos dejaran solos y para que esa situación no empeorara.

Ninguno protestó. Ninguno intentó discutir. Simplemente obedecieron inmediatamente y se alejaron entre los árboles sin siquiera mirar otra vez hacia nosotros.

A excepción de Maksim, que comenzó a refunfuñar al ver que les daba la.orden de seguir trabajando, en vez de que tomaran sus cosas y se largaran, tal y como él quería.

—Pero, ¿qué m****a? ¿A dónde creen que van? ¿No escucharon lo que acabo de decirles?

Esperé en silencio, sin replicar a sus refunfuños, hasta asegurarme de que estuvieran lo suficientemente lejos antes de volver la mirada hacia Maksim, quien seguía furioso y refunfuñando.

Me crucé de brazos y alcé el mentón con determinación.

—Nicolo y Paolo no van a irse a ninguna parte —dije.

La mandíbula de Maksim se tensó inmediatamente y pude escuchar con claridad como sus dientes crujían al apretarlos.

—¿Perdón?

—Lo que escuchaste. —Di un paso hacia él—. Mientras yo los necesite, van a seguir aquí.

Maksim soltó una risa seca.

—¿Ah, sí?

—Sí. Especialmente porque ellos trabajan para mí, no para ti, así que las órdenes que siguen son las mías, no las tuyas.

Eso hizo que algo peligroso cruzara por su mirada.

—Cuidado con cómo me hablas, Alessia.

—¿O qué? —repliqué inmediatamente—. ¿También vas a expulsarme de esta cabaña? ¿De la Bratva? ¿O de tu vida?

Maksim apretó los puños.

El viento frío movía ligeramente los árboles alrededor nuestro mientras ambos nos sosteníamos la mirada como si aquello fuera otro campo de batalla.

Porque en cierta forma lo era... y parecía que estábamos a punto de matarnos el uno al otro.

—Esos dos imbéciles abandonaron la vigilancia para acostarse con mi hermana —gruñó—. ¿Todavía pretendes que actúe como si no hubiera pasado nada?

—No. Pretendo que dejes de comportarte como si ellos fueran el problema más grande que tenemos encima.

—¡Claro que son un problema!

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