~ALESSIA~
—¡Pero... ¿Qué demonios?! —exclamé fuera de mí, asestándole un fuerte puñetazo al escritorio como si él tuviera la culpa de nuestros problemas—. ¿Es en serio? ¿Otra vez esta m****a?
Maksim bajó la mirada al suelo con la preocupación aflorando en su semblante, mientras yo me pasaba una mano frustrada por la cabeza, casi arrancándome el cabello por la rabia que me quemaba por dentro. Y es que era justamente eso lo que quería hacer: arrancarme el cabello.
Ya había pasado más de un mes desde el fallido ataque de Valentini a Petrov, en el que los hombres que Valentini había enviado a atacar el cargamento de Petrov habían muerto como si hubieran ido directo a una emboscada. Con eso no solo habíamos perdido una batalla, sino que también habíamos ganado otro enemigo. Bueno, no nosotros directamente... mi padre.
Valentini pensaba que todo el dichoso plan había sido una trampa para quitarlo de nuestro camino enviándolo a una guerra contra Petrov y así aproverchar la situación para apropiarnos de sus rutas y territorio.
Era una completa estupidez, por supuesto, ya que en esos momentos lo que menos nos interesaba era adueñarnos del territorio de otra mafia cuando lo único que nos interesaba era acabar de una vez por todas con Petrov, lo cual cada día parecía una misión imposible.
Durante todo ese mes habíamos intentado en tres ocasiones golpear a Petrov pero cada uno de los intentos daba el mismo resultado: una rotunda falla.
Ese último intento había sido quemar los almacenes que Petrov tenía en Chicago, pero una vez más estábamos obteniendo el mismo resultado.
M****a, m****a y más m****a.
—Sí, señora ―respondió Sergei, uno de los hombres de la Bratva Volkov, desde el otro lado de la línea―. Los hombres de Petrov parecían estar listos y preparados para el ataque. Habían vaciado los almacenes con anticipación y lanzaron un contraataque contra nuestra brigada, matando a nuestros hombres.
―Proklyatiye (Maldita sea) ―masculló Maksim.
Todavía no entendía el ruso, pero sabía que era una maldición lo que había soltado, porque sonaba a eso.
Apreté los dientes con tanta fuerza que sentí la mandíbula dolerme. La rabia me quemaba por dentro como ácido, pero debajo de ella había algo mucho peor: frustración. Porque por más que movíamos piezas, pensábamos estrategias y lanzábamos ataques, Leonid Petrov siempre parecía estar tres pasos delante de nosotros, como si pudiera ver cada maldito movimiento antes incluso de que lo hiciéramos.
—¿Cuántos perdimos? —pregunté con voz helada.
Hubo una breve pausa al otro lado de la línea.
—Siete, señora.
Cerré los ojos con fuerza, tragándome la rabia.
Siete hombres más. Siete cadáveres más por otra operación que había terminado convertida en una puta trampa.
—Entierren a los hombres —ordené con la voz endurecida—. Y no hagan nada más hasta nueva orden.
—Sí, señora.
Corté la llamada y lancé el teléfono contra la pared con tanta fuerza que estalló en pedazos. El golpe hizo que Mila se sobresaltara.
Artem intentó hablar pero lo silencié con mi mano. Si alguno me hablaba en ese momento, probablemente le arrancaría la cabeza con mis propias manos.
Salí del despacho echando fuego, crucé la cabaña como una tormenta y salí hacia la parte trasera del refugio, directamente a la zona donde entrenábamos.
Mi pecho subía y bajaba con violencia, la respiración me ardía y la cabeza me martillaba de pura furia. Agarré el primer rifle que encontré sobre la mesa, cargué el arma con movimientos bruscos y me planté frente a uno de los árboles marcados para práctica.
Levanté el rifle, apunté y disparé en ráfaga.
El estruendo reventó entre los árboles y las balas arrancaron un pedazo de corteza del tronco.
Volví a disparar, y luego otra vez, y otra más, vaciando la rabia en cada maldito tiro mientras imaginaba la cara de Leonid Petrov al otro lado de la mirilla.
Cada disparo descargaba algo de toda aquella m****a que llevaba acumulando durante más de un mes, pero no era suficiente. Porque por cada árbol que destruía, Petrov seguía respirando, seguía ganando terreno, seguía anticipándose a nosotros como si estuviera metido dentro de nuestras cabezas.
Seguí apretando el gatillo hasta vaciar el cargador por completo. Solo entonces bajé el arma. Mi respiración seguía agitada y las manos me temblaban de rabia pura.
Escuché pasos acercándose detrás de mí y no necesité girarme para saber quién era. Reconocí a Maksim por la forma firme y pesada en que caminaba, mucho más recuperado ya de sus heridas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...