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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 145

~ALESSIA~

El pecho me ardió tanto que pensé que me faltaba el aire.

Di un paso adelante, soltándome del agarre de Maksim, y avancé hacia el árbol con la vista nublada. Las rosas rojas de mi madre seguían allí, algunas aplastadas como con odio, otras manchadas con sangre, y esa imagen me partió algo dentro del pecho.

Todo lo que me importaba... todo lo que quedaba de mi familia estaba siendo destruido frente a mí. Primero mi madre. Ahora mi padre.

Y Mila...

Mila estaba sola con ese maldito, en sus manos, a su merced.

Apreté los dientes con tanta fuerza que sentí dolor en la mandíbula.

—Lo voy a matar —gruñí dolida—. Voy a matar a ese hijo de puta, pero antes haré que se arrepienta por lo que le hizo a mi padre.

Mi voz salió rota, cargada de rabia y algo más oscuro.

Maksim se quedó a mi lado, vigilando alrededor con el arma lista, porque incluso en medio de todo el dolor, de toda la angustia y el terrible momento que estábamos viviendo, sabíamos que podía ser una trampa. Que los hombres de Gio Marchetti podían estar ocultos entre los setos, esperando una señal para atacarnos.

Artem y Paolo empezaron a revisar el perímetro mientras yo me acercaba a mi padre y lo agarraba, desesperada por bajarlo de allí y abrazarlo, esperando que aunque sea tuviera el más mínimo signo vital.

Maksim me ayudó a bajarlo y lo sostuve con fuerza, cayendo con él al suelo.

Lo apreté con fuerza contra mi pecho mientras lo acunaba y lloraba con todas mis fuerzas. Sentía que la garganta, el pecho, el alma y el corazón se me desgarraban y desangraban.

Nunca en mi vida había sentido un dolor tan profundo e intenso como el que estaba sintiendo en ese momento. Era insoportable. Quería morir junto a él y no seguir sintiendo más.

Maksim estaba a mi lado, rodeándome los hombros con un brazo, tenso y silencioso, pero dándome todo su apoyo.

Los minuntos pasaron y se estiraron, entonces algo empezó a sonar, rompiendo el doloroso silencio. Un timbre.

Bajé la mirada y noté algo sujetado al pecho de mi padre. Manchado con sangre, había un teléfono.

Mi respiración se detuvo. Lo arranqué de su ropa con manos temblorosas y miré la pantalla encendida.

Una llamada entrante de un número privado.

Maksim me miró. No tuve que pensar para saber quién era. Contesté al instante poniendo el altavoz para que Maksim pudiera escuchar.

—Habla.

La risa de Gio se deslizó por la línea como veneno.

—Qué recibimiento tan desagradable, ¿verdad, gorda asquerosa?

Miré a mi padre inerte entre mis brazos y sentí que el odio me llenaba entera.

—Voy a arrancarte la lengua, los ojos, las manos, las piernas y por último la cabeza para que puedas sentir el dolor hasta tu último aliento de vida.

Gio soltó una carcajada.

—Si no te mato primero, tal y como maté a tu padre y entonces colocaré las cabezas de ambos en dos estacas en mi jardín, una al lado de la otra,para que todos vean cómo dos seres inmundos que se creían intocables fueron destruidos por mi mano.

Sus palabras me llenaron de ira. Quise dispararle al maldito teléfono. Quise atravesarlo con mis propias manos. Pero me obligué a respirar.

—¿Dónde está Mila?

Hubo un pequeño silencio y después escuché algo.

Una respiración agitada. Un sollozo contenido.

Mi cuerpo entero se tensó al darme cuenta de que se trataba de Mila.

Estaba viva y eso me daba algo de calma en medio de la tempestad en mi pecho.

—Aquí está conmigo —respondió Gio riendo—. Sigue siendo útil.

—Si la tocas...

—Habla.

—También te quiero a ti, asquerosa gorda.

Mi cuerpo se quedó inmóvil.

Maksim apretó la mandíbula y la mano alrededor del teléfono, como si quisiera aplastarlo.

—¿Qué m****a?

Gio soltó una pequeña risa.

—Quiero que te entregues, Alessia Cardinale. Tú sola. Sin Volkov. Sin nadie que intervenga y estorbe. Vienes conmigo y la chica vive.

—¡Eso jamás va a pasar! —rugió Maksim como una bestia iracunda.

—Aquí yo soy quien pone las reglas, así que cierra la boca, maldito ruso —rebatió Gio—. Sí quieres que no le toque ni un solo pelo a la putita de tu hermana, harás lo que yo diga o si no te juro que haré que cada uno de los hombres bajo mi mando la violen antes de cortarla pedazo a pedazo y luego te enviaré cada pedazo en una caja con un moño rojo.

Sentí algo frío instalarse dentro de mí mientras escuchaba cada palabra de aquella amenaza.

—Vas a entregarme a Leonid y a la gorda, o te juro que no volverás a ver tu hermana entera jamás.

Algo en mi interior se movió. Ya no era solo dolor. No era miedo. Era puro deseo de venganza.

—Aceptaré el trato —dije.

Maksim se giró hacia mí de golpe.

—Ni de puta broma —rebatió Maksim, pero yo no le hice caso.

Solo podía centrarme en lo que me consumía por dentro y en el deseo desesperado de no permitir que ninguna otra persona de los que quería muriera o sufriera.

—Mantente pendiente de mi llamada para concretar el día, la hora y el lugar del intercambio.

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