~ALESSIA~
Enterramos a mi padre al día siguiente, sin mucha ceremonia.
No hubo un velatorio ni largas despedidas porque no podíamos permitirnos ese lujo. Teníamos que hacerlo rápido porque Mila seguía en manos de Gio y cada minuto que pasaba era un recordatorio brutal de que no teníamos tiempo para detenernos demasiado en el dolor, aunque ese dolor me estuviera desgarrando viva por dentro.
Aun así, Bruno Cardinale, mi padre y el gran Capo de la Camorra, no podía desaparecer de este mundo como un perro abandonado.
Lo llevamos a la vieja parcela familiar, en las colinas detrás de la propiedad, el mismo lugar donde años atrás había sido enterrada mi madre. El cielo estaba gris, pesado y cubierto por nubes bajas que parecían contener una tormenta, como si incluso el mundo quisiera llorar porque supiera que aquello era un entierro y no uno cualquiera, sino el del hombre que durante décadas había sostenido a la Camorra bajo su puño.
No éramos muchos, pero sí los suficientes para entender el peso de aquella pérdida. Allí estaban varios de los hombres que habían sobrevivido a la masacre de la mansión, algunos heridos y cubiertos todavía por vendas, pero también habían llegado capitanes y hombres importantes de otras rutas de la Camorra. Entre ellos reconocí a dos de los jefes del Consejo de las Cinco Familias, hombres que habían servido junto a mi padre durante años y que seguían allí, firmes, como prueba de que no toda la Camorra había caído con mi padre ni que todos los miembros ya le habían jurado lealtad al que se creía el nuevo Capo de la Camorra.
Por supuesto, también noté las ausencias. Y esas ausencias hablaban más fuerte que cualquier palabra. Sin embargo, lo importante era que pese a todo el apellido Cardinale aún tenía aliados y ellos estaban allí, en silencio, con el peso de la derrota y la rabia reflejado en la cara.
El ataúd descendió lentamente a la tierra y sentí que con él bajaba una parte de mí que ya nunca iba a recuperar.
Me quedé inmóvil frente a la tumba, mirando cómo desaparecía bajo aquella tierra húmeda, tratando de aceptar algo que todavía se negaba a encajar dentro de mi cabeza. Mi padre estaba muerto. Mi padre, el hombre que siempre me pareció invencible, que siempre pensé que seguiría allí, aunque fuera para pelear conmigo o para recordarme todas las cosas que nos separaban.
Y eso era lo que más me estaba destrozando. No el hecho de que hubiera muerto. Sino todo lo que quedó pendiente entre ambos.
Todas las veces que pude hablar con él y no lo hice. Todas las veces que quise hacerle entender cosas y preferí pelear. Todas las veces que quise escuchar de su boca que estaba orgulloso de mí y nunca lo tuve.
Ahora ya no habría otra oportunidad.
Nunca más.
Sentía el pecho tan apretado que respirar me dolía.
Maksim permanecía a mi lado, firme, con una mano apoyada en mi espalda como si supiera que era lo único que me mantenía en pie. Artem estaba unos pasos atrás, callado, serio, con la mandíbula apretada. Nicolo y Paolo se mantenían a ambos lados, atentos incluso allí y siempre leales, porque la guerra seguía y todos lo sabíamos.
El sacerdote terminó rápido. Unas pocas palabras, un puñado de tierra cayendo sobre el ataúd y el final definitivo de Bruno Cardinale. Uno de los capos más temidos de Italia y de Europa, y mi padre. El primer hombre al que amé con todo mi corazón, pese a no ser perfecto.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
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