~ARTEM~
—Entonces, si cerramos ese acuerdo esta semana, podemos mover la primera parte del cargamento antes de que termine el mes.
La voz de Maksim llegaba hasta mí con claridad, pero las palabras parecían quedarse flotando en algún lugar del despacho sin conseguir entrar realmente en mi cabeza.
Yo estaba sentado frente a él, con Alessia a un lado y varios documentos abiertos sobre la mesa, fingiendo que seguía el hilo de una reunión que, en otras circunstancias, habría tenido toda mi atención. Hablábamos de negocios de la Bratva, de rutas, movimientos y acuerdos que requerían decisiones precisas, asuntos que normalmente ocupaban toda mi concentración porque un simple error podía costarnos millones o algo bastante peor.
Sin embargo, desde hacía varios minutos mi mente estaba a miles de kilómetros de Chicago, encerrada en un departamento de Sinaloa donde había dejado a Herminia Salazar hacía apenas un día y unas cuantas horas.
«Mina.»
No sabía por qué continuaba llamándola así dentro de mi cabeza cuando ya conocía su nombre completo, pero de alguna manera aquel diminutivo se había quedado conmigo. Quizá se debía al hecho de que sabía que aquel diminutivo representaba algo importante para ella ya que era su madre quien la llamaba así.
Me preguntaba si habría dormido bien, si el pie le dolería menos, si estaría siguiendo las indicaciones de la doctora Robles o si ya habría intentado levantarse y caminar por su cuenta por pura terquedad.
Conociéndola apenas lo poco que había podido conocerla durante aquellos dos días, no me habría sorprendido que estuviera haciendo exactamente eso.
También me preguntaba si se sentiría segura estando sola en el departamento, si cada ruido en el pasillo la haría pensar que Ezequiel Montalvo había conseguido encontrarla o si habría logrado descansar después de ocho años viviendo con la certeza de que en cualquier momento alguien podía entrar a una habitación para hacerle daño.
Mariana Robles tenía instrucciones claras de visitarla al menos dos veces al día, llevarle lo que necesitara y avisarme si ocurría cualquier problema, pero aun así no conseguía dejar de pensar en la maldita mexicana.
—¡ARTEM!
La voz de Maksim sonó tan fuerte que finalmente consiguió arrancarme de mis pensamientos.
Parpadeé y levanté la cabeza.
Alessia estaba riendo y no intentaba disimularlo precisamente.
Maksim, en cambio, me observaba con una mezcla de confusión y fastidio, recostado contra el respaldo de su silla mientras sostenía un bolígrafo entre los dedos.
—¿Qué?
La risa de Alessia aumentó y Maksim frunció el ceño.
—Te estoy hablando desde hace rato.
Miré los documentos frente a mí como si aquello pudiera ayudarme a reconstruir los últimos minutos de conversación.
—Te escuché.
—No, no me escuchaste. —Dejó el bolígrafo sobre la mesa—. Te hice una pregunta dos veces y no respondiste. Pareces estar en cualquier parte menos aquí, en mi despacho, con nosotros.
Apreté la mandíbula.
Tenía razón y eso me molestó todavía más.
—Disculpa, me distraje un momento.
Alessia inclinó la cabeza y me observó con una sonrisa demasiado interesada.
—¿Qué te pasa, Artem?
—Nada.
—¿Seguro? Porque no me lo parece.
—No me pasa nada —repetí—. Solo me distraje un momento y les pido perdón por ello.
Maksim entrecerró los ojos.
Conocía esa mirada. Era la misma que utilizaba cuando sospechaba que alguien intentaba ocultarle información y no pensaba dejar el asunto tranquilo hasta averiguar qué demonios ocurría.
—Qué curioso —murmuró.
Lo miré, un poco confundido.
—¿Qué?
—Es que me acordé de algo.
Alessia giró ligeramente hacia él.
—¿De qué te acordaste, Maksim?
Maksim siguió mirándome, suspicazmente.
Lo fulminé con la mirada.
—¿Qué carajos significa eso?
—Que desde que volviste de México estás actuando extraño.
La mandíbula se me tensó.
Por un instante volví a pensar en Herminia, pero la aparté de mi cabeza de inmediato.
No iba a contarles sobre ella.
Por supuesto que no.
Ya había tomado esa decisión y no pensaba cambiarla porque Maksim hubiera decidido convertirse de repente en un maldito detective.
—¿Podemos seguir con la reunión? —espeté, demasiado a la defensiva para alguien que, supuestamente, no estaba ocultando nada.
Alessia soltó otra pequeña risa.
—Sí. Mejor sigamos antes de que Maksim te lleve abajo y empiece a torturarte para sacarte información.
—Yo no voy a hacer eso —replicó él, aunque su mirada continuaba sobre mí.
No respondí.
Bajé los ojos hacia los documentos y respiré lentamente, obligándome a concentrarme en las cifras, las rutas y los asuntos que realmente importaban.
Herminia Salazar estaba en Sinaloa y yo estaba en Chicago.
La doctora Robles estaba pendiente de ella.
No había ninguna razón para que continuara pensando en la mexicana cada cinco minutos.
Así que dejé de hacerlo y me centré en el trabajo, que era lo que me importaba.
O, al menos, eso intenté.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
Alguien me puede explicar como del 88 salta al 89 del futuro como asi que Lexia esta embarazada de nuevo...
A mi tampoco me deja y tengo saldo...
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...