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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 19

~MINA~

El teléfono sobre la mesita de noche comenzó a timbrar justo cuando estaba acomodándome mejor entre las almohadas para continuar viendo la novela que llevaba siguiendo desde hacía dos días.

Bajé un poco el volumen del televisor y estiré la mano para agarrar el aparato. Miré la pantalla, pero no reconocí el número. Aun así, respondí y llevé el teléfono al oído.

—¿Bueno?

—¿Por qué respondes el teléfono?

Fruncí el ceño y durante un segundo me quedé escuchando aquella voz profunda, tratando de ubicarla, hasta que la reconocí.

—¿Güero, eres tú?

Hubo una pausa breve al otro lado.

—¿Güero?

No pude evitar sonreír.

—¿Qué? ¿Esa palabra tampoco la conoces?

—Sí sé lo que significa —replicó él—. Lo que no sé es en qué momento pasé de llamarme Artem a llamarme "Güero".

Solté una risa y me acomodé de lado, procurando no mover demasiado el pie.

—Es solo una forma de llamar a alguien de confianza.

—Ah —murmuró—. ¿Eso significa que ya soy alguien de tu confianza?

Me mordí el labio para contener otra sonrisa.

—Más o menos.

—¿Más o menos?

—Sí, pero solamente porque no me queda de otra.

La risa de Artem llegó hasta mí y, aunque no podía verlo, me lo imaginé negando con la cabeza al otro lado de la línea.

Después su voz cambió y volvió a sonar seria.

—Ahora dime por qué respondiste el teléfono.

Miré el aparato como si pudiera verlo a través de él.

—Pues porque estaba timbrando, obviamente.

—¿Cómo se te ocurre responder una llamada sin saber quién es la persona que está llamando?

Entorné los ojos.

—Pues entonces ¿para qué llamas por teléfono si no quieres que responda?

Volvió a reír.

—Eres imposible.

—Tú eres el que está haciendo preguntas sin sentido.

Escuché cómo soltaba el aire y después me preguntó:

—¿Cómo estás?

La pregunta me hizo mirar mi pie, acomodado sobre una almohada.

—Bien. La doctora Robles estuvo aquí por la tarde y dijo que el pie se está sanando rápido. Cree que en unos días podrá traerme unas muletas para que empiece a apoyarme en ellas y caminar un poco.

—Eso es una buena noticia.

—Sí. Especialmente porque ya estoy hasta la madre de estar acostada todo el día. —Hice un gesto aunque él no pudiera verlo—. Ya quiero hacer algo más.

—¿Más? —preguntó inmediatamente—. ¿No se supone que no puedes salir del departamento porque corres el riesgo de que Montalvo te encuentre?

—No dije que quisiera salir.

—Entonces ¿qué quieres hacer?

—Algo. Lo que sea. Cocinar, aunque sea. Hornear un pastel. Ya me cansé de estar acostada viendo novelas.

—¿Novelas?

Fruncí el ceño.

—¿Ahora tampoco sabes qué son las novelas?

—Sí sé qué son.

—Pues entonces ¿por qué preguntas así?

—Porque no te imaginaba como alguien que mira novelas.

Me quedé viendo la televisión, donde una mujer acababa de descubrir que su marido tenía otra familia, y solté un pequeño resoplido.

—Pues no me queda de otra. Además, las novelas son entretenidas.

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