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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 28

~MAKSIM~

Me saqué la pistola sin pensarlo, sin meditarlo. No hubo estrategia, ni cálculo, ni esa maldita frialdad que siempre me caracterizaba. Solo hubo un impulso brutal, directo, primitivo. Mi dedo ya estaba tensándose sobre el gatillo cuando Artem se me lanzó encima, agarrándome la muñeca con fuerza y desviando el arma hacia abajo.

—Cálmate —gruñó, quitándomela de la mano antes de que pudiera reaccionar.

Me solté con un movimiento brusco, la sangre hirviéndome bajo la piel.

—No me voy a calmar —espeté—. Voy a matar a ese hijo de perra por estar tocando Alessia. ¿Quién diablos se cree para hacerlo y frente a mis narices?

Artem chasqueó la lengua, claramente harto.

—Deja de comportarte como un maldito pendejo —replicó—. Actúa como el hombre racional que se supone que eres.

Intenté apartarlo, pero volvió a sujetarme, esta vez con más firmeza, y antes de que pudiera mandarlo a la m****a, me estaba arrastrando de vuelta hacia la casa.

No me gustó nada que se tomara ese tipo de atribuciones. No quería que actuara como la voz de mi conciencia. Pero a él le valió tres hectáreas y, sabiendo que si me soltaba en ese momento, iba a volver a salir y esta vez nadie iba a detenerme.

Cruzamos la puerta. Pasillos. Escaleras y el despacho.

Una vez dentro, me zafé de su agarre con violencia.

—Suéltame de una puta vez —demandé.

Artem alzó una ceja.

—¿No vas a salir a cometer una estupidez?

Apreté los dientes.

—No.

La palabra me salió a la fuerza. No porque no quisiera hacerlo. Sino porque sabía exactamente lo que implicaba hacerlo.

Se quedó mirándome unos segundos, evaluando, midiendo, como siempre hacía. Luego asintió apenas y se apoyó contra el escritorio, cruzándose de brazos.

—Bien —murmuró—. Entonces hablemos como los hombres civilizados que podemos ser.

Solté una risa seca, sin humor, y empecé a caminar por la habitación, pasándome una mano por el cabello.

No podía quedarme quieto. Tenía demasiada energía acumulada, demasiada rabia, demasiadas cosas que no terminaban de encajar.

—¿Qué m****a fue eso? —gruñí.

—Celos —respondió él, sin titubear.

Me detuve en seco y lo miré.

—No.

Artem ni siquiera se inmutó.

—Sí.

Negué con la cabeza, molesto.

—No fueron celos.

—Claro —dijo con sarcasmo—. Entonces explícame por qué casi le vuelas la cabeza a ese tipo solo por tocarla.

Abrí la boca para responder y no salió nada. Aunque la respuesta estaba ahí, pero no me gustaba.

Resoplé, girándome otra vez, volviendo a caminar.

—No lo sé —admití al final, con frustración—. Solo… —apreté la mandíbula—. Solo no me gustó.

Artem dejó escapar una risa baja.

—No te gustó —repitió—. Interesante forma de decir que querías matarlo.

—Quería matarlo —confirmé con sequedad.

—Exacto.

El silencio se tensó unos segundos, incómodo, denso, cargado. Lleno de cosas que no quería decir… pero que estaban empujando para salir a la superficie.

Me pasé la mano por la cara.

—Mientras la miraba… —empecé, deteniéndome otra vez—. Mientras estaba en esa maldita tumbona…

Artem no dijo nada. Solo escuchó.

—La vi distinta —continué, con el ceño fruncido, como si las palabras me supieran mal en la boca—. No como antes.

Apreté los dientes.

—La vi como mujer.

Artem sonrió. No con burla. Con satisfacción.

—Y te gustó.

Lo miré.

—Sí —escupí—. Me gustó. Me gustó su culo, sus tetas... M****a. Me gustó como mujer. ¿Puedes creerlo?

Decirlo en voz alta me molestó más de lo que esperaba.

—Lo sabía —murmuró él.

Lo fulminé con la mirada.

—Es la verdad.

—Por supuesto que lo es —replicó, limpiándose una lágrima imaginaria—. Nada que ver con que tu esposa te esté volviendo loco.

—No me está volviendo loco —gruñí.

—Claro que no.

Apreté los puños.

—Lo único que necesito es acostarme con una mujer —continué, ignorándolo—. Sacarme esta m****a del sistema y listo.

Artem ladeó la cabeza.

—¿Y eso lo va a arreglar todo?

—Sí.

La respuesta fue inmediata. Convencida. Necesaria.

—Voy a buscarme una mujer —añadí—. Me la voy a follar hasta quedarme seco, voy a volver a ser yo mismo y toda esta estupidez con Alessia Cardinale se va a terminar y ya no me voy a confundir más.

Artem me observó en silencio unos segundos y luego sonrió.

Esa maldita sonrisa suya.

La que no me gustaba nada.

—Hazlo —dijo al final—. De verdad quiero ver cómo te va con eso.

Fruncí el ceño.

—¿Qué se supone que significa eso?

Se encogió de hombros.

—Nada.

Se dio la vuelta, caminando hacia la puerta.

—Solo que cuando vuelvas… —añadió, deteniéndose un segundo antes de salir—, esa mujer va a seguir aquí... y allí veremos si tenías razón o no.

No respondí.

No tenía nada que decir.

Solamente esperaba que mi teoría fuera verídica y funcionara.

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