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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 29

~ALESSIA~

El sol caía con suavidad sobre la piel, el agua de la piscina reflejaba destellos que bailaban a mi alrededor y, por un momento, todo parecía demasiado tranquilo para pertenecer a mi vida. Mila estaba a mi lado, con esa energía ligera que la caracterizaba, moviendo los pies dentro del agua mientras observaba a los dos hombres italianos que se mantenían a una distancia prudente, cumpliendo con su papel… pero sin perder detalle de nada.

—Oye… —murmuró, inclinándose apenas hacia mí, con un brillo curioso en los ojos—. ¿Esos dos siempre son tan serios o solo cuando están contigo?

Giré el rostro hacia ella, siguiendo su mirada.

—¿Te interesan? —pregunté, alzando una ceja.

Su sonrisa se ensanchó sin el menor rastro de vergüenza.

—Claro que sí. Están bien buenos los condenados. No estaría mal darles una probadita.

Solté una risa baja, divertida por su sinceridad.

—Mira tú. Y yo pensé que te gustaba Artem.

—¿Qué? ¿Artem? —exclamó escandalizada e hizo un gesto con la mano para apartarlo—. No. ¿Cómo crees? Artem es como un hermano para Maksim y para mí. Crecimos juntos y nunca lo vería de esa forma y estoy segura de que él a mí tampoco, porque nos guardamos un gran respeto y cariño de hermanos.

—Ah, vaya. ¿Entonces quieres probar carne italiana?

Sonrió con picardía y se encogió de hombros.

—Pues sí... No estaría mal. Mientras me guardes el secreto, claro.

—Ni lo tienes que decir —manifesté y alcé la voz lo suficiente para llamarlos—: Nicolo. Paolo. Acérquense.

Ambos obedecieron de inmediato, con esa disciplina que siempre los había caracterizado. Cuando llegaron frente a nosotras, Mila prácticamente brillaba.

—Quiero presentarles a mi cuñada —dije, pero antes de que pudiera decir más, Mila ya estaba hablando.

—Mila Volkova —se presentó, extendiendo la mano con entusiasmo—. Hermana del gruñón mayor de esta casa.

Nicolo tomó su mano con una sonrisa contenida.

—Nicolo.

—Paolo —añadió el otro, con un leve gesto de cabeza.

Mila no perdió tiempo. Empezó a hablar, a bromear, a lanzar comentarios coquetos sin el menor esfuerzo, como si hubiera olvidado por completo que vivíamos en un mundo donde cada palabra podía tener peso.

Yo me limité a observarlos, analizando dinámicas, gestos, reacciones. Siempre lo hacía.

—¿Quieren tomar algo? —preguntó ella de repente, girándose hacia ellos.

—Claro —respondió Paolo con facilidad.

—Perfecto. Voy a buscar.

—Paolo —interrumpí, antes de que pudiera dar un paso—. Acompáñala.

Él asintió sin cuestionar y se movió a su lado, siguiendo a Mila hacia la casa.

Observé cómo se alejaban, cómo ella hablaba animadamente mientras él escuchaba, atento.

Bien. Exactamente como quería.

Cuando desaparecieron en el interior, volví la mirada hacia Nicolo y mi expresión cambió.

—¿Cómo vamos?

No hizo falta más.

—Hemos escuchado algo —respondió en voz baja—. El Pakhan tiene hombres en Moscú vigilando a otro Pakhan.

Sentí cómo algo encajaba.

—¿Nombre?

—Aún no —negó—. Pero lo vamos a conseguir.

Asentí despacio.

—Lo sé. Sé que lo harán. —Lo miré directo a los ojos—. Confío en ustedes. En los dos.

Nicolo inclinó ligeramente la cabeza.

—No la vamos a decepcionar, señora.

Una risa se acercó desde la casa. Eran Mila y Paolo.

Volví a relajar el gesto en el instante justo en que salieron al jardín, cargando botellas y copas como si aquello fuera una simple reunión entre amigos.

La sonrisa regresó a mis labios sin esfuerzo cuando Mila se acercó.

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