~MAKSIM~
Me quedé unos segundos frente al espejo, ajustando el cuello de mi camisa con movimientos lentos, precisos, casi mecánicos, como si ese simple gesto pudiera ayudarme a poner en orden el caos que llevaba dentro de mi cabeza desde hacía días.
No era normal. Nada de lo que estaba pasando era normal en mí.
Yo no era el tipo de hombre que se distraía, que dudaba, que se detenía a pensar en una mujer más de lo necesario. Yo tomaba lo que quería, lo usaba, lo desechaba y seguía adelante. Siempre había sido así. Siempre había funcionado así.
Y, sin embargo, ahí estaba, con la mandíbula tensa, repasando en mi cabeza una y otra vez la misma imagen: Alessia tumbada al sol, tranquila, provocadora sin siquiera intentarlo, y ese maldito italiano de mierdda tocándola como si tuviera derecho.
Chasqueé la lengua con fastidio y aparté la mirada de mi propio reflejo. No. Eso no iba a seguir pasando. Aquella m****a tenía una explicación lógica, simple, fácil de resolver, y yo sabía exactamente cuál era: llevaba días sin descargar, sin sacarme el estrés del cuerpo, sin hacer lo que siempre hacía cuando algo me molestaba.
Sexo. Nada más. Sin implicaciones. Sin complicaciones. Una mujer, un par de horas, y todo volvía a su sitio.
Eso era lo que necesitaba. Eso era lo que iba a hacer. Esta noche se acababa esa maldita fijación con Alessia Cardinale y yo volvía a ser el mismo de siempre.
Con esa decisión tomada, salí de la habitación sin mirar atrás, avanzando por el pasillo con paso firme, bajando las escaleras con la intención clara de largarme de una vez… hasta que la vi.
Alessia estaba apoyada contra la pared, como si llevara allí un rato, como si supiera exactamente a qué hora iba a bajar. Y por la forma en que levantó la mirada al verme, supe con certeza que estaba en lo correcto: no era coincidencia.
Cuando puse un pie en el último escalón, se despegó de la pared y caminó hacia mí con esa calma suya que parecía diseñada específicamente para sacarme de quicio.
—¿Vas a salir, esposo?
La cercanía me golpeó sin permiso. Ese maldito contraste que me provocaba. Rabia… y algo más que no quería reconocer ni bajo amenaza. Endurecí el gesto de inmediato.
—No es algo que te incumba —respondí, seco—, pero sí. Voy a salir.
Sonrió. Claro que sonrió.
—¿Puedo saber a dónde vas?
—No —gruñí—. Y deja de meterte en mis asuntos.
Se rió, ligera, despreocupada, como si mis palabras no tuvieran ningún peso, y levantó las manos en un gesto casi burlón.
—De acuerdo, no me meto. Que te vaya bien… y que disfrutes de tu noche, esposito.
Eso fue todo. Sin drama. Sin reclamo. Sin reacción.
Me di la vuelta con la intención de seguir mi camino, de ignorarla como hacía siempre, pero no avancé ni dos pasos. Me detuve en seco.
Algo dentro de mí se revolvió con violencia, una mezcla incómoda de frustración y necesidad de hacer daño. No iba a dejarlo así. No iba a permitir que se quedara tan tranquila, como si yo no significara absolutamente nada.
Me giré de nuevo y regresé hasta quedar frente a ella, invadiendo su espacio con toda la intención.
—¿Quieres saber qué es lo que voy a ir a hacer?
—No te lo he preguntado —respondió, sin borrar esa sonrisa petulante de su boca.
Eso me encendió más.
—Sí —respondió, tranquila—. Ya te dije que te fuera bien. —Alzó la mano y me dio una palmada ligera en el hombro, como si me estuviera despidiendo de verdad—. Te lo mereces después de tanto estrés.
La miré fijo, intentando encontrar una grieta en esa maldita armadura suya.
—¿De verdad no te molesta?
Volvió a encogerse de hombros, como si la conversación no tuviera ningún peso real.
—No. Tengo claro que tú y yo no somos nada. Este matrimonio es solo un adorno y yo no tengo derecho a nada… ni a opinar, ni a reclamarte, ni a exigirte nada. Eres libre de hacer con tu vida lo que quieras, mi amor.
Hizo una pausa, inclinó apenas la cabeza y sonrió con ese toque de veneno elegante que empezaba a reconocerle.
—Así que… adiós, cariño. Que te diviertas. —Levantó la mano y me hizo un gesto de despedida—. Bye.
Algo dentro de mí crujió.
No había funcionado. No la había herido. No había conseguido ni un maldito gesto de celos.
Y eso… me jodía más de lo que debería, porque yo quería verla a punto de explotar, tal y como a mí me había pasado en la tarde. Pero en cambio, lo que recibí fue todo lo contrario y eso me hizo querer explotar por la furia otra vez. Arrancarme la piel y tirarla al océano para no sentir más esa m****a que ella me hacía sentir.
Solté un gruñido bajo, incapaz de ocultarlo, y me giré con brusquedad, caminando hacia la salida con el cuerpo rígido, los músculos tensos y la cabeza llena de ruido. Cada paso que daba era una promesa. No iba a seguir sintiéndome así. No por ella. No por nadie.
Esta noche se acababa.
Aunque tuviera que demostrarlo a la fuerza.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
A mi tampoco me deja y tengo saldo...
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...