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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 37

~MAKSIM~

La mesa estaba llena.

Abarrotada, mejor dicho.

Sandías abiertas por todas partes, cortadas en mitades perfectas, mostrando esa pulpa roja brillante que parecía latir bajo la luz. El aire era cálido, espeso, cargado con ese aroma dulce que se metía por la nariz y se quedaba pegado en la garganta.

Me senté sin pensar.

Tomé una y le hundí los dientes.

El jugo explotó en mi boca, dulce, fresco, intenso… y no esperé a terminar de masticar para agarrar otra. Y otra. Y otra más.

Comía sin pausa. Sin control. Como si llevara días sin probar nada.

El líquido me corría por la barbilla, por los dedos, por las muñecas, pegajoso, brillante, deslizándose mientras mis manos seguían partiendo más fruta, llevándola a mi boca, buscando más.

Siempre más.

Mi respiración se volvió pesada, profunda, el pecho subiendo y bajando con fuerza mientras devoraba todo lo que tenía delante. El sabor era jodidamente perfecto, pero no llenaba nada.

Nada.

Entre más comía… más hambre tenía.

Fruncí el ceño, irritado, tomando otra mitad con más fuerza, apretándola entre los dedos. La pulpa cedió… pero no de la forma en que debía.

No era blanda. No era fruta. Era… firme. Cálida.

Mi mano se detuvo apenas un segundo, pero no la aparté. Al contrario. Apreté más.

La sensación cambió. Se volvió… viva.

Mi respiración se cortó, pero mi cuerpo no retrocedió. Se inclinó.

Tomé otra.

La sostuve con ambas manos, explorando esa superficie que ya no se sentía como sandía, pero que mi mente se negaba a cuestionar. Mis dedos se hundieron ligeramente, encontrando una resistencia que me hizo apretar la mandíbula.

Con hambre.

Con necesidad.

Bajé la boca. Rozé con los labios. Un escalofrío me recorrió entero.

No era el sabor. Era la sensación.

Mis dientes tocaron la superficie y un sonido bajo escapó de mi garganta, algo entre un gruñido y una exhalación pesada, mientras mi agarre se volvía más firme, más posesivo.

—¿Te gusta…?

La voz llegó suave. Cercana. Demasiado cerca.

Levanté la mirada, buscando el origen… pero no había nadie. Solo la mesa. Solo el rojo. Solo ese maldito aroma que me tenía la cabeza nublada.

—Come —susurró de nuevo.

Y obedecí.

Porque no quería dejar de hacerlo. Porque no podía. Esas malditas sandías eran como una puta droga que me tenían enviciado.

Mis manos se movieron más rápido, más desesperadas, tomando, apretando, probando, buscando algo que no terminaba de encontrar.

El calor aumentó, mi cuerpo reaccionando de una forma que ya no tenía nada que ver con hambre.

Era otra cosa.

Algo más bajo. Más oscuro. Más jodidamente adictivo.

Pero no importaba cuánto tomara. Cuánto apretara. Cuánto probara…

No llegaba. No era suficiente. Nunca era suficiente.

Me quedé quieto un segundo.

Solo uno.

Diciéndome que no debería. Pero ya era tarde.

La abrí y entré sin hacer ruido, procurando el mayor sigilo, como si estuviera en una misión de vida o muerte.

La penumbra la envolvía, tranquila, ajena a todo. Y ahí estaba ella. Dormida. Relajada. Como si no fuera la causa de toda esa m****a que me tenía despierto a mitad de la noche.

Avancé despacio.

Mi mirada se clavó en su cuerpo sin permiso, recorriéndola con una intensidad que no tenía intención de ocultar. La respiración suave, el pecho subiendo y bajando con calma… la imagen completa era jodidamente peligrosa.

Tranquila.

Demasiado tranquila.

Me acerqué mucho más, ansiando sentir aunque fuera un poquito de su olor y me detuve a un lado de la cama, observándola en silencio.

Dormida parecía otra persona.

Pero yo sabía lo que era. Sabía lo que hacía. Y sabía exactamente lo que provocaba.

Exhalé lento, pasando la lengua por mis dientes mientras la miraba.

No debería estar ahí. Pero no me moví.

Al contrario, me saqué la polla del pantalón y comencé a tocarme mientras observaba cómo se giraba sobre el colchón y el camisón se le subía por los muslos, cubriéndole a duras penas el culo.

El culo de mi mujer que no podía tocar.

Una maldita acta matrimonial decía que era mía, pero yo y mis malditos putos arranques habían provocado que la venenosa lengua de esta mujer sentenciara que no era así y ahora no sabía cómo hacer para cambiar las cosas.

Estaba jodidamente perdido.

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