~ALESSIA~
Entré a la casa todavía con el calor del sol pegado a la piel y ese leve olor a cloro que siempre se quedaba después de pasar tiempo junto a la piscina. Venía distraída, recordando lo que había pasado con Maksim la noche anterior, pero en cuanto crucé el umbral y avancé un par de pasos por el pasillo, lo vi.
Estaba allí, de pie, justo frente a mí, como si hubiera estado esperando.
Me detuve.
No de golpe, no de forma dramática, pero sí lo suficiente como para que ese pequeño espacio entre nosotros se cargara de algo incómodo, denso, difícil de ignorar.
Él tampoco se movió. Solo me miró. O más bien… intentó hacerlo, porque su expresión no era la de siempre.
No había arrogancia inmediata. No había ese desprecio automático.
Había algo… raro.
Una especie de vacilación. De duda. Casi como si no supiera qué hacer conmigo.
Y eso, viniendo de Maksim Volkov, era tan extraño que me hizo alzar ligeramente una ceja.
—¿Qué? —pregunté, sin suavizar el tono.
Su mandíbula se tensó, como si mi simple pregunta lo hubiera sacado de ese estado momentáneo en el que se encontraba. Sus ojos bajaron… y se detuvieron exactamente donde no debían.
Mi escote otra vez.
Rodé los ojos antes siquiera de que hablara.
—Otra vez estás mostrando todo —gruñó finalmente, el mal humor regresando a su voz como si nunca se hubiera ido—. Ya te dejé claro que no quiero que uses esas cosas.
Solté una risa corta, incrédula.
—¿Perdón?
Le sostuve la mirada, cruzándome de brazos con lentitud, completamente lista para entrar en ese terreno que ya conocíamos demasiado bien.
—¿Cuál es tu maldito problema? —le solté—. ¿No recuerdas que ya te dejé claro que tú no puedes meterte con la ropa que yo uso? No eres mi maldito dueño para decirme que hacer y que no hacer.
Su gesto se endureció de inmediato, como si hubiera estado esperando esa respuesta para explotar.
—Mi problema —replicó, alzando un poco la voz— es que no quiero que te estén viendo.
Parpadeé.
—¿Cómo?
—Que me jode —continuó, sin bajar el tono—. Me jode que otros hombres te miren. Que se queden viendo lo que no deben. Me dan ganas de matarlos.
Lo miré, procesando sus palabras, y por un segundo… solo por uno, sentí esa pequeña chispa de algo parecido a satisfacción. Pero no la dejé salir. No la mostré.
En su lugar, ladeé la cabeza, indiferente.
—Eso no es problema mío.
La confusión cruzó su rostro, rápida pero visible.
—¿Cómo que no es problema tuyo? —dijo, contrariado—. ¿No entiendes?
—No —respondí con total calma—. Y tampoco me interesa entenderlo.
Su respiración se volvió más pesada. Se pasó una mano por el rostro con frustración, como si estuviera conteniendo algo que no terminaba de saber cómo expresar.
—Joder… —masculló, resoplando con exasperación.
Lo observé sin moverme, sin darle nada más que mi presencia y mi atención justa.
—No quiero pelear contigo —dijo finalmente, bajando apenas la intensidad de su voz.
Eso sí que no me lo esperaba.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...