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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 41

~ALESSIA~

Nada más cruzar el umbral del comedor, me fijé que Mila estaba desayunando sola. Los hombres no estaban por ningún lado y la casa estaba en silencio, a excepción del comedor, desde el cual me había llegado el tintineo de los tenedores contra la porcelana de la vajilla, además del delicioso aroma del café.

—¿Queda café para mí? —pregunté, acercándome.

Mila levantó la mirada al escucharme y su rostro se iluminó con una sonrisa cálida.

—Claro que sí —respondió, tomando otra taza sin dudarlo y sirviéndome también—. Justo a tiempo.

Me senté frente a ella, acomodándome en la silla con una pose despreocupada y mientras ella dejaba la taza frente a mí, mis ojos recorrieron la mesa ya servida. Todo estaba listo, como si hubiera sido preparado con antelación, pero faltaban piezas importantes.

—¿Y los demás? —pregunté, tomando la taza entre mis manos.

Mila dio un pequeño sorbo a su café antes de responder.

—Mi hermano y Artem salieron temprano por asuntos de trabajo —explicó—. Y yo no quise despertarte ni esperarte para desayunar. Porque pensé que… bueno… —hizo un pequeño gesto con la mano— que quizá no te sentías bien o que querías estar sola. Como ayer Te encerraste en tu habitación desde muy temprano y no volviste a aparecer...

La miré por un segundo antes de asentir con tranquilidad.

—No hay problema. No tienes que esperarme. Y yo solo tenía un poco de dolor de cabeza y me quedé dormida. He dormido más de la cuenta. Solo mira la hora que es.

—Tiene sentido —dijo ella con suavidad—. ¿Tomaste algo?

Negué con la cabeza.

—Después de comer lo haré.

Le di un sorbo a mi café sintiéndome feliz por su calidez.

—Entonces come primero —insistió con una leve sonrisa—. Así te tomas una pastilla.

Asentí y comencé a servirme, llevándome un bocado a la boca mientras dejaba que la conversación fluyera con naturalidad. No tenía prisa. No podía tenerla. Este tipo de cosas se manejaban con calma, con precisión.

Después de unos momentos, levanté la mirada hacia ella.

—Oye… —empecé, como si la pregunta fuera casual—. ¿Puedo hacerte una pregunta?

En el ceño de Mila aparecieron unas pequeñas arrugas que juntaron sus cejas.

—Por supuesto. Dime.

—Hum..., ¿Puedo saber qué piensas de mí?

Mila alzó ligeramente las cejas, sorprendida por la pregunta, pero no pareciendo incómoda.

—¿De ti?

Asentí, apoyando el codo sobre la mesa.

—Sí. Después de estos días… de convivir conmigo aquí… ¿qué impresión tienes?

Se tomó unos segundos, observándome con atención, como si realmente analizara la respuesta en lugar de decir lo primero que se le venía a la cabeza.

—Creo que eres una gran mujer —dijo finalmente—. Hasta ahora… me pareces buena, amable… generosa... inteligente… —hizo una pequeña pausa— aunque con bastante carácter.

No pude evitar reírme por lo bajo.

—Un poco de carácter, sí.

Ella sonrió también, divertida.

Apoyé la espalda en la silla, relajada, pero sin apartar la mirada de ella.

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