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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 5

~MAKSIM~

El disparo resonó en mis oídos… pero no sentí el impacto.

Por un segundo creí que había muerto y que mi cuerpo simplemente no había procesado el dolor todavía.

El hombre frente a mí seguía apuntándome, pero su expresión ya no era la de alguien que tenía el control. Sus ojos se abrieron con una sorpresa estúpida, su sonrisa se desdibujó y su cuerpo se quedó rígido antes de desplomarse a un lado como un saco sin vida.

Tardé apenas un instante en entender lo que había pasado y, cuando giré la cabeza, la vi.

Alessia Cardinale estaba de pie a unos pasos de mí, con el brazo extendido y una pistola firme en la mano. No temblaba. No dudaba. No parecía una mujer que acabara de salvarle la vida a alguien por pura suerte; parecía una que sabía exactamente dónde disparar para matar sin pensarlo dos veces.

Bajó el arma con lentitud, evaluando el entorno como si aquel caos no fuera nada nuevo para ella, como si el salón lleno de cadáveres y sangre fuera solo otro escenario en el que sabía moverse.

Su vestido de un blanco inmaculado había sido mancillado por la sangre, su cabello ligeramente alterado, pero su expresión… su expresión era lo que me hizo fruncir el ceño.

Fría. Controlada. Peligrosa.

Nada que ver con la mujer que yo había decidido despreciar minutos antes.

Me incorporé con cuidado, sintiendo la humillación de haber sido salvado por una mujer, pero ignorándolo mientras la observaba.

Algo no encajaba. Todo lo que había pensado sobre ella acababa de romperse en mil pedazos y, lo que era peor, no me gustaba la sensación de no tener el control de la situación.

—Un poco más... —dijo, sin mirarme directamente, mientras empujaba con el pie el arma del cadáver para alejarla.

La miré con incredulidad, molesto por el dejo arrogante en su tono, por la insolencia… y por el hecho de que no había ni un rastro de nerviosismo en ella.

—Qué bueno que tuve todo bajo control, ¿no? —añadió con una ligera ironía antes de girarse hacia mí.

Apreté la mandíbula.

—No necesitaba tu ayuda —respondí con frialdad, aunque la realidad era otra y ambos lo sabíamos.

Sus labios se curvaron apenas, no en una sonrisa dulce, sino en algo más afilado, más consciente.

—Claro que no —replicó—. Porque tu deseo era morir, ¿no es así, mi valiente Pakhan?

Ese comentario me atravesó más que cualquier bala. No por el contenido, sino por la altivez con la que lo dijo.

No había miedo. No había intención de agradar. Solo una ironía lanzada a la cara sin ningún tipo de filtro.

Y entonces lo entendí.

Lo que no me gustaba de ella no era solo su aspecto. Era que no era una mujer fácil de controlar.

—Por supuesto que no —dije finalmente, intentando cerrar esa grieta antes de que se hiciera más grande—. Y para que veas que soy un hombre honorable, te doy las gracias por salvarme la vida, Alessia Cardinale.

Ella me miró entonces, directo, sin titubear, como si hubiera estado esperando exactamente esa respuesta.

—Eso quería escuchar, Maksim Volkov —dijo con calma—. Porque tú, como el jefe de tu organización, sabes muy bien lo que eso significa en nuestro mundo.

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